Aprender a luchar juntas: reflexiones sobre la pedagogía política entre mujeres
Escrito por Ana Lucía Ramazzini Morales
Las calles ocupadas durante el Paro Nacional de 2023 hicieron visibles otras maneras de ejercer ciudadanía. Allí, la política se expresó mediante consignas, juegos, piñatas, arte, humor, conversaciones y redes de solidaridad. La cocina y la manifestación, la sobremesa y la plaza, la memoria familiar y la defensa del derecho al voto dejaron de ser mundos separados. Las experiencias de adolescentes, madres y abuelas muestran cómo se aprende a defender la democracia, en un encuentro intergeneracional atravesado por la pedagogía política entre mujeres.
Por Ana Lucía Ramazzini Morales
“Mi mamá me ha llevado para aprender también a defender mis derechos”, cuenta Camila al recordar las manifestaciones del Paro Nacional de 2023. Ella tenía 13 años cuando participó en aquellas jornadas que marcaron la historia reciente de Guatemala. Su testimonio encierra una idea poderosa: la conciencia política no aparece de repente, ni se aprende únicamente en las aulas o en los libros de texto. Se construye en las relaciones, en las conversaciones cotidianas y en las experiencias compartidas.
En las calles de la ciudad de Guatemala, durante las movilizaciones para defender el voto, exigir la renuncia de la fiscal general Consuelo Porras, del fiscal Rafael Curruchiche, de la fiscal Cinthia Monterroso y del juez Fredy Orellana y luchar contra la corrupción, varias niñas y adolescentes compartieron mucho más que una protesta:
¿Qué significó para ellas salir junto a sus madres y abuelas a las calles? ¿Qué nos dicen sus experiencias sobre las formas en que las mujeres construimos conciencia política y transmitimos memorias de resistencia desde una perspectiva intergeneracional?
Hace más de un año y medio conversé con tres adolescentes que participaron en las movilizaciones de 2023: Camila, Dalia y Libertad, junto con sus madres, Lidda, Piedad y Flor, y con Mirna, la abuela de Libertad. Sus relatos, situados en familias mestizas y mayas urbanas de clase media, no pretenden representar todas las vivencias. Sin embargo, nos permiten acercarnos a una dimensión de la participación política que tiende a quedar fuera de las crónicas sobre las grandes movilizaciones: los aprendizajes que se generan entre mujeres de distintas generaciones.
No quería que sus voces se quedaran guardadas. Tenía una deuda pendiente con ellas. Hoy, en el marco de la memoria de aquel octubre vivido, comparto brevemente algunas de sus respuestas a la entrevista realizada.
Borrando fronteras: la política también se aprende en casa
“Somos seres políticas y en esta familia hemos cultivado estar analizando, platicando. En las sobremesas nos contamos sobre la situación política y social del país y creo que eso permite ir despertando esa conciencia (…) Lo vamos trasladando de generación en generación”, explica Mirna, abuela de Libertad.
Su testimonio invita a mirar la política más allá de los partidos, las instituciones y los procesos electorales. Antes de llegar a una manifestación, muchas veces ya hemos participado en conversaciones que nos ayudan a interpretar lo que ocurre a nuestro alrededor. En esos intercambios cotidianos también se construye ciudadanía.
A esta reflexión se suma Lidda, la mamá de Camila, al describir cómo procuraba hablar en familia sobre la coyuntura política: “Yo trato -en la medida de mis posibilidades- de explicarles a mi hija e hijo todos estos procesos de una forma coloquial, en espacios donde coincidimos como la hora de comer. Cada día salía información nueva, entonces la hablábamos y me decían, ‘¿Qué vamos a hacer? ¿Vas a ir a protestar? ¿Te acompañamos? (…)’, sabiendo que lo que íbamos a hacer era por el bienestar de la mayoría”.
Hay algo fundamental en esta forma de enseñar y aprender política. No se trata de transmitir respuestas acabadas ni de pedir a las adolescentes que repitan las opiniones de las personas adultas. Se trata de conversar, explicar, escuchar, comentar inquietudes y tomar decisiones. Además, la pregunta “¿Qué vamos a hacer?” convierte la comprensión de la realidad en una invitación a actuar.
Piedad, mamá de Dalia, quien tenía 12 años en 2023, también reconoce la importancia de estos diálogos como habilitantes de contenido político, incluso cuando las noticias llegan a través de las redes sociales: “En la etapa de la adolescencia, en tik-tok se entera mucho de lo pasa a nivel nacional e internacional y lo platicamos, trato de explicarle lo que pasa, la diferencia entre política y política partidista y de escuchar sus dudas”.
La cocina y la sobremesa también se trasladó al ámbito público. La llamada “Cocina de la Resistencia” constituyó un espacio político y un punto de concentración de la resistencia (autoridades indígenas, estudiantado, vecinas y vecinos, entre otros) frente a la sede central del Ministerio Público, en el Barrio Gerona de zona 1 de la capital. Esta acción implicó preparar comida, alimentar a quienes permanecían en las calles y contribuir a que la movilización pudiera continuar. Se llegaron a elaborar y repartir más de 800 raciones diarias y se articularon saberes, responsabilidades y relaciones de cooperación. Camila recuerda que participó en varias de las manifestaciones y que le impresionó ver llegar caravanas desde los departamentos. Observó cómo las personas colaboraban con alimentos. Ella misma fue con su mamá a ayudar a cocinar. “Me di cuenta de lo que pueden llegar a hacer las personas por defender los derechos”, afirma.
Libertad, quien participó en 2023 teniendo 16 años, recuerda la cocina colectiva que se organizó y el papel de su abuela en ese espacio: “Yo me recuerdo de haber estado en la cocina que formaron, donde mi abuela también estuvo dirigiendo. Un mes y medio más o menos desde que iniciaron los bloqueos fue el tiempo que yo recuerdo que más estuve ahí y me recuerdo que todo el día era movimiento”.
Durante el Paro, cocinar, alimentar y cuidar no fueron actividades ajenas a la movilización, contribuyeron a sostenerla. Camila lo expresa también cuando recuerda que “Gerona para mí llegó a ser un lugar familiar”. Un espacio de protesta ajeno a su vida cotidiana, pero que se convirtió en un lugar de encuentro y sentido de pertenencia.

Foto: cortesía Mirna Ramírez
Estos diálogos políticos e intergeneracionales rompen la frontera entre calle y hogar. Como profundiza Patricia Galicia, comunicadora y educadora feminista: “Desmontan la lógica individualista, amplían las fronteras del espacio público que te hace sentir segura porque estás dentro de una colectividad donde compartes lo básico, como la comida, un espacio seguro donde se resguardan y comparten… se amplía el espacio común de convivencia para lo básico: alimentación, protección, y la construcción de sentidos comunes, ya había un ‘nosotros’”.
Ese entrecruce de mundos que se suelen presentar como separados en el espacio urbano -la casa y la calle, lo doméstico y lo público- resulta evidente en el recuerdo de Lidda, quien llevaba un sartén en su carro y lo utilizaba en distintas actividades de protesta: “Fuimos a la Marcha de la Luz [una de las tantas manifestaciones pacíficas durante el Paro Nacional 2023] con Camila en el proyecto 4-4, autoconvocada por el grupo de vecinos. Íbamos con nuestra veladora, con nuestro farol y con mi sartén (…) Con ese salgo a protestar porque es mi herramienta, lo mantengo siempre en mi carro porque si en algún momento hay que ir, lo saco”. Es una herramienta de trabajo cotidiano que se convierte, al mismo tiempo, en instrumento de protesta.
El impacto pedagógico de acumular experiencia de lucha
Para Camila, las manifestaciones no comenzaron en octubre de 2023. Su primera experiencia ocurrió cuando tenía siete años: “A los 7 años fue la primera vez que tuve la experiencia de estar en una manifestación y para esa fecha mi mami me dio una flor y ahí iba yo manifestando con mi flor, estaba feliz”.
Por su parte, Dalia también había asistido previamente con su mamá a las manifestaciones del 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres: “Yo ya había ido a otras manifestaciones con mi mamá, a las del 8 de marzo, ya sabía cómo era”, cuenta.
La familiaridad con la protesta implica que existe una memoria previa, un aprendizaje acumulado que permite reconocer ciertos espacios y comprender mejor lo que sucede en ellos. Para estas adolescentes, el Paro Nacional 2023 fue parte de una trayectoria de participación, no un acontecimiento aislado.
Piedad, mamá de Dalia, lo explica así: “Los antecedentes de lucha siempre han estado presentes, la he llevado conmigo, a mi lado, para que aprenda sobre democracia y libertad”.
La expresión “a mi lado” no remite a una educación distante, en la que se enseña desde una posición de autoridad y se recibe pasivamente. Esta forma de aprendizaje político implica acompañamiento y compartir el camino.
Construir comunidad y reconocer otras formas de organización y resistencia
En la familia de Libertad, la abuela Mirna ha sido una referencia de lucha para las nuevas generaciones. Su mamá, Flor, explica: “La abuela siempre ha sido una referencia de lucha para mis hijas y yo siempre he querido que ellas aprendan el sentido de comunidad, por eso fue importante participar, que se dieran cuenta de toda esa llegada de las organizaciones, de cómo se les recibía”.
Las memorias familiares de resistencia no se transmiten únicamente mediante historias sobre el pasado. También se actualizan cuando las generaciones más jóvenes presencian cómo se organiza una comunidad, cómo se recibe a quienes llegan desde otros territorios y cómo se construyen vínculos entre personas que quizá nunca antes se habían conocido.
En este sentido, la presencia de las Autoridades Indígenas durante el Paro Nacional 2023 también constituyó una experiencia de aprendizaje. Camila reconoció que su llegada representaba una contribución importante para impulsar cambios. Dalia destacó su lucha por la justicia, mientras que Libertad expresó su respeto por su capacidad organizativa y agregó: “Nunca voy a olvidar las fogatas en donde varios líderes comunitarios de pronunciaron…se sentía mucha fuerza…”.
Estas voces permiten reconocer una dimensión política relevante: la posibilidad de que adolescentes urbanas se acerquen a otras formas de autoridad y organización, y reconozcan la fuerza de las luchas comunitarias indígenas. La pedagogía política también ocurre cuando se amplían los referentes, se cuestionan las jerarquías y se aprende a valorar experiencias históricamente deslegitimadas desde la visión occidentalizada.
Desmontar jerarquías
Reconocer la importancia de las madres y las abuelas en la formación política de las adolescentes no significa identificarlas a ellas como receptoras pasivas de una enseñanza adulta. Sus testimonios muestran que elaboran sus propias interpretaciones y que expresan con claridad las razones por las que consideran importante participar.
Cuando se les pregunta por el significado del Paro, Camila lo relaciona con la posibilidad de conocer lo que estaba ocurriendo y aprender a manifestarse para defender derechos. Libertad, por su parte, sintetiza una de sus reflexiones de esta manera: “Es como esta traducción de la teoría en la que la organización es el punto de partida para cualquier cambio; el punto de partida es la práctica”.
Su respuesta conecta el conocimiento con la acción. La organización deja de ser una idea abstracta cuando se experimenta en las calles, en las asambleas, en las cocinas colectivas y en las múltiples tareas que hacen posible una movilización.
Además, sus formas de expresarse fueron diversas. Camila llevaba carteles con frases como “No nos callarán” y “En las urnas, no en las Cortes”. Ella comenta que en una manifestación del 25 de noviembre de 2023 se vistió “como la diosa de la justicia, representándola esposada” porque, según explicó, “la justicia no estaba siendo respetada y no la dejaban en libertad”.

cortesía Lidda y Camila
Su cuerpo, su vestuario y sus carteles se convirtieron en recursos para comunicar una demanda política. Encontró en la representación simbólica una manera de hacer visible su interpretación de la coyuntura.
Las adolescentes también construyeron sus propias ideas sobre la democracia. Para Camila, esta implica equilibrio y derecho, y se relaciona con el respeto a la decisión de quienes votan. Dalia la define desde la libertad: “La democracia es la libertad y eso estábamos defendiendo, la libertad de votar”. Libertad, por su parte, destaca la importancia de que el movimiento permitiera escuchar a grupos cuyas opiniones suelen ser ignoradas.
Sus respuestas parten de la defensa del voto, pero no se limitan a este. La participación les permitió observar las tensiones entre las instituciones, reconocer el papel de la organización colectiva y comprender que la democracia necesita de personas dispuestas a defenderla.
Meses después de las movilizaciones, Camila consideraba que aún faltaban cambios por hacer y que era necesario continuar demandándolos. También afirmó que volvería a participar en un paro porque su experiencia le había permitido reconocer que este tipo de acciones puede aportar significativamente.
Las experiencias de Camila, Dalia y Libertad, junto con los relatos de sus madres y abuela, permiten comprender la pedagogía política como una práctica cotidiana y colectiva. En estos procesos, las mujeres adultas abren caminos, ofrecen referentes y comparten experiencias. Las adolescentes, a su vez, interpretan lo que viven, formulan preguntas y construyen sus propias posiciones.
Esta forma de aprendizaje cuestiona dos jerarquías profundamente arraigadas: patriarcado y adultocentrismo. Una, que históricamente ha relegado a las mujeres a los espacios privados, negando el carácter político de sus conocimientos y prácticas; y la otra, que sitúa a las personas adultas por encima de niñas, niños y adolescentes, desconociendo sus capacidades para interpretar la realidad y participar en ella, pero también limitando las oportunidades de construir una conciencia crítica desde edades tempranas.
La pedagogía política entre mujeres comienza, entonces, por reconocer a las más jóvenes como interlocutoras. No basta con llevarlas a una manifestación; es necesario compartir con ellas las razones de la lucha, abrir espacios para sus preguntas y reconocer su capacidad de elaborar interpretaciones propias.
Tampoco se trata de una transmisión mecánica de ideas entre generaciones. Las adolescentes reciben experiencias y relatos, pero los interpretan desde sus propias vivencias. En ese proceso, las mujeres adultas también encuentran nuevas maneras de explicar, escuchar y comprender. La pedagogía política entre mujeres contribuye a decidir qué mundo queremos habitar. Porque las calles son nuestras. Y aprender juntas a ocuparlas es, también, una manera de hacer política.
Ampliar la mirada, abrir caminos
La presencia de niñas, niños y adolescentes en las calles durante el Paro Nacional 2023 constituyó una práctica política significativa que desafió la lógica adultocéntrica de la “ciudadanía futura”, ya que la ocupación del espacio público urbano -con la dimensión lúdica como protagonista- habilitó otras formas de encuentro, cuidado y expresión que rebasan los procesos formales y liberales de ejercicio ciudadano.
Estas experiencias invitan a ampliar la mirada sobre la participación política de la niñez y la adolescencia desde una perspectiva interseccional, que considere las desigualdades de género, clase, pertenencia étnico-racial y territorio. Asimismo nos presenta un desafío fundamental: preguntarnos qué podemos aprender de sus formas de organización y cómo reconocer sus voces como parte de la vida democrática. Esto nos evidencia que aún hay mucho por reflexionar sobre lo vivido en el Paro Nacional 2023 para seguir abriendo caminos.

cortesía Sara Sapón
Participaron de esta nota
Ana Lucía Ramazzini Morales
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Alexandra
Las redes sociales se han convertido en espacios donde los agresores sexuales acechan a niñas y adolescentes. A través de perfiles falsos y promesas engañosas, estos delincuentes vulneran la seguridad de las menores de edad.