El Niño vuelve a golpear donde el hambre ya estaba sembrada
Escrito por Rony Ríos y Amilcar Morales
El calentamiento del Pacífico amenaza nuevamente al Corredor Seco, una región donde la sequía no solo destruye cosechas, sino también profundiza la desnutrición infantil y obliga a alrededor de 1.5 millones de personas en este territorio a sobrevivir la crisis climática.
Por: Rony Ríos y Amilcar Morales
El fenómeno comienza a miles de kilómetros de Guatemala, en las aguas del océano Pacífico ecuatorial y es allí, cuando la temperatura superficial del mar aumenta más de lo normal, cambiando la circulación atmosférica y alterando los patrones de lluvia y temperatura. Ese fenómeno recibe el nombre de El Niño y, aunque ocurre en distintos periodos de tiempo, sus efectos pueden ser devastadores.
Sequías extremas, olas de calor, pérdida de cultivos, incendios forestales, enfermedades y hambruna han acompañado algunos de los eventos más intensos registrados en la historia de este fenómeno.
El episodio de 1877-1878 fue considerado uno de los más severos, estuvo vinculado a grandes sequías y crisis alimentarias en Asia, África y América Latina y donde se estimó que millones de personas murieron por hambre, enfermedades y colapso agrícola.
En espacios de divulgación climática han comenzado a circular advertencias sobre la posibilidad de un nuevo evento severo y meteorólogos y analistas internacionales han señalado que las temperaturas oceánicas y ciertos patrones atmosféricos muestran condiciones compatibles con el desarrollo de un nuevo fenómeno de El Niño. Algunos incluso han comparado los escenarios actuales con eventos históricos extremos.
En algunos espacios de divulgación climática y redes sociales, hay meteorólogos que comenzaron a referirse a este evento como un “Súper Niño”, una expresión utilizada para describir fenómenos excepcionalmente intensos y que son comparables a episodios históricos como los de 1877-1878, 1982-1983 o 1997-1998.
Aunque el término no constituye una categoría oficial reconocida por todos los organismos científicos, suele emplearse para advertir sobre escenarios en los que las anomalías de temperatura del Océano Pacífico alcanzan niveles extraordinarios y generan impactos más severos sobre los patrones de lluvia y temperatura a nivel global.
Precisamente ese es el escenario que preocupa a los especialistas, que advierten que un evento fuerte pueda provocar simultáneamente sequías prolongadas en unas regiones e inundaciones más intensas en otras.
Sin embargo, especialistas advierten que todavía no existe consenso científico para afirmar que el próximo evento alcanzará niveles comparables al de 1877. Lo que sí existe es preocupación por el impacto que un fenómeno fuerte podría tener sobre regiones vulnerables como Centroamérica y particularmente en el Corredor Seco y las costas del Pacífico guatemalteco.
En el país, El Niño no se percibe primero en los gráficos meteorológicos ni en los modelos oceánicos, se siente en el campo, en la lluvia que no llega, en la milpa que no germina, en los pozos secos, en las tortillas que comienzan a faltar en la mesa y pocos lugares representan mejor esa fragilidad que el Corredor Seco.


Fotografías: Juan Bautista Xol
El territorio donde la lluvia define la seguridad alimentaria
El Corredor Seco es una franja territorial de 1,600 kilómetros que atraviesa desde Chiapas, México hasta Guanacaste, Costa Rica, pero que en Guatemala abarca 46 municipios concentrados principalmente en los departamentos de Baja Verapaz, El Progreso, Zacapa, Chiquimula, Jalapa y Jutiapa. Allí viven entre 1.3 y 1.5 millones de personas que dependen casi exclusivamente de la agricultura de subsistencia, especialmente del cultivo de maíz y frijol.
Durante décadas, el territorio ha figurado entre los más afectados por inseguridad alimentaria, desnutrición infantil y migración forzada, problemas que suelen agravarse cada vez que fenómenos como El Niño reducen aún más la disponibilidad de agua y destruyen las cosechas.
Cuando las lluvias se retrasan o desaparecen durante la canícula, las cosechas se pierden y cuando las cosechas se pierden, el impacto no es únicamente económico, sino que se convierte rápidamente en una crisis alimentaria.
Héctor Guinea y Luis Lacán, investigadores del Instituto de Agricultura, Recursos Naturales y Ambiente (Iarna) de la Universidad Rafael Landívar (URL), explicaron que el Corredor Seco posee características fisiográficas que naturalmente reciben menos precipitación que otras regiones del país, pero durante la fase cálida de El Niño, esa lluvia disminuye todavía más, afectando especialmente a los cultivos de subsistencia que dependen completamente del agua de lluvia.
La situación se agrava porque muchas de estas regiones enfrentan además degradación ambiental y deforestación.
“Como resultado de la deforestación o la reducción de los bosques, el suelo queda expuesto a procesos de erosión hídrica y eólica, lo que provoca pérdida de nutrientes y disminución de fertilidad”, señalaron los investigadores. En otras palabras, el territorio se vuelve menos capaz de resistir las sequías.
La combinación entre cambio climático, degradación ambiental y pobreza rural convierte al Corredor Seco en una de las regiones más vulnerables de Centroamérica.
En 2014, aún sin consolidarse un evento de El Niño plenamente desarrollado, se registraron hasta 45 días consecutivos sin lluvia en algunas regiones del país y pérdidas superiores al 70% en cultivos de granos básicos, especialmente en áreas del Corredor Seco. El antecedente es utilizado hoy por el INSIVUMEH como referencia para dimensionar los posibles impactos de una canícula prolongada.
El Niño: más calor, menos lluvia y canículas más largas
Elmer Orrego, agrometeorólogo del Instituto Privado de Investigación sobre Cambio Climático (ICC), explicó que los monitoreos internacionales muestran condiciones favorables para un nuevo evento de El Niño. Según indicó, este fenómeno provoca principalmente dos efectos en Guatemala: aumento de temperaturas y reducción de lluvias.
“Si antes había 10 eventos de lluvia se reduce esa cantidad a entre 8 y 5, lo que a su vez provoca que julio y agosto la canícula se vuelve más intensa. En el Corredor Seco deja de llover en esos meses totalmente”, señaló.
La canícula es un período de disminución temporal de lluvias que normalmente ocurre entre julio y agosto; Sin embargo, durante El Niño puede volverse más prolongada y severa.
Orrego también advirtió que las temperaturas podrían superar los 40 grados en regiones como Petén, el Caribe y el oriente del país.
Pero el problema no se limita únicamente al calor. El fenómeno también altera la duración de la temporada lluviosa. Según el especialista, en distintas regiones del país las lluvias terminan antes de lo normal, lo que reduce todavía más la disponibilidad de agua para cultivos y consumo humano.
El impacto, además, no es homogéneo, ya que, mientras algunas regiones sufren sequías extremas, otras pueden enfrentar lluvias violentas e inundaciones debido al incremento de energía acumulada en los océanos y la atmósfera.
Un ejemplo de esa variabilidad se observa actualmente con la tormenta tropical Cristina. Mientras las autoridades mantienen la vigilancia sobre posibles déficits de lluvia en el Corredor Seco, el MAGA informó que activó los monitoreos especiales por riesgo de inundaciones y deslizamientos en 168 municipios identificados con alta o muy alta vulnerabilidad.
Además, el MAGA dijo que también mantienen monitoreo permanente en los 22 departamentos y en 269 municipios priorizados por sus sistemas de alerta temprana, con especial atención a las áreas agrícolas más expuestas a sequías, inundaciones y movimientos de tierra.
El seguimiento busca anticipar posibles daños a la producción de alimentos y a los medios de vida rurales.
Asimismo, la cartera de Agricultura advirtió que las lluvias asociadas al sistema podrían afectar cultivos estratégicos como banano, caña de azúcar, palma de aceite, cardamomo y pastos en distintos puntos del país.
El cambio climático intensifica la amenaza
Aunque El Niño es un fenómeno natural y cíclico, expertos advierten que el calentamiento global está amplificando sus efectos.
“El cambio climático incrementa la temperatura de forma acelerada. Los océanos almacenan dos tercios de la energía del planeta y al calentarse dan más energía y más variabilidad”, explicó Orrego.
Eso significa que los extremos climáticos pueden volverse más frecuentes e intensos, provocando que en la temporada seca se reduzca la cantidad de lluvia, pero en el invierno se den lluvias más violentas, ciclones más destructivos y olas de calor más severas.
Con el cambio climático, “el fenómeno de El Niño va a ser más frecuente e intenso”, advirtió el especialista.
Los investigadores del IARNA coinciden en que, aunque El Niño forma parte de la variabilidad climática natural, el cambio climático antropogénico puede exacerbar tanto la fase cálida de El Niño como la fase fría de La Niña.
En Guatemala, esas alteraciones climáticas encuentran un país altamente vulnerable por las comunidades rurales sin acceso estable a agua, sistemas de riego insuficientes, deforestación acelerada y una economía campesina dependiente de cultivos extremadamente sensibles a la lluvia.
Cuando la sequía termina en hambre
En municipios como Jocotán, Camotán, Olopa o San Juan Ermita, el fracaso de una cosecha puede desencadenar una crisis familiar completa.
Las familias invierten sus pocos recursos en sembrar maíz y frijol, incluso hay algunas que se endeudan para comprar semillas, fertilizantes o alquilar tierra, pero si la lluvia falla, la cosecha desaparece.
“Tienen que haber apoyos del gobierno porque por sí utilizaron todos los recursos para sembrar o se endeudaron para hacerlo, no van a poder afrontar una sequía para sus cultivos de subsistencia”, explicó Orrego.
De hecho, los efectos del fenómeno El Niño son sólo el desencadenante de otra serie de problemas sociales, ya que al haber sequía se pierden las cosechas, lo que genera hambre y puede derivar en desnutrición. En opinión de Orrego, esta situación, hace que la gente más afectada decida migrar a las cabeceras departamentales, la capital u otros países como Estados Unidos, agravando la crisis migratoria que desde hace años golpea a Guatemala.
En el Corredor Seco, la cadena suele repetirse: primero llega la sequía, luego la pérdida cosecha, lo que genera pérdida de ingresos y de comida y deriva en la crisis alimentaria que provoca desnutrición y en decenas de ocasiones causa la muerte de niños.
Chiquimula: el rostro más visible de la crisis
En Chiquimula, particularmente en la región Ch’orti’, la desnutrición infantil continúa siendo una de las expresiones más duras de esa vulnerabilidad.
En comunidades remotas de Jocotán, Camotán y San Juan Ermita, la combinación entre pobreza, falta de alimentación, carencia de servicios básicos y sequía ha provocado que muchos niños lleguen a condiciones severas de desnutrición.
Julio César Suchite García, auxiliar de enfermería del Centro de Recuperación Nutricional ubicado en el Centro de Atención Permanente Patricia de Morales, en Los Vados, Jocotán, explicó que durante el período de sequía de 2026 se observó un incremento de casos de desnutrición en menores de cinco años.
Según Suchité, además de desnutrición aumentan enfermedades como neumonía y diarrea, muchas veces asociadas a las mismas condiciones de precariedad y falta de agua segura. “Los cambios se notan considerablemente cuando las lluvias se atrasan o se pierden las cosechas”, indicó.
La falta de alimentos se combina además con el incremento del precio de la canasta básica, algo que golpea especialmente a familias sin empleo estable o ingresos suficientes.
Comunidades como Tunucó Abajo, Talquezal y Conacaste han sido algunas de las más afectadas. Solo en los últimos meses de 2026 el centro atendió nueve casos de desnutrición severa y moderada, entre ellos siete niños y dos niñas provenientes principalmente de Jocotán y Camotán.
El hospital donde se intenta revertir el hambre
El Centro de Recuperación Nutricional de Jocotán funciona como una última barrera antes de que la desnutrición termine en muerte. Allí llegan niños en condiciones críticas, algunos con severo bajo peso, debilidad extrema o enfermedades asociadas.
El tiempo de recuperación depende del grado de desnutrición, explicó el auxiliar de enfermería del Centro, quien además dijo que los casos severos pueden permanecer internados entre un mes y un mes y medio, mientras los moderados requieren entre 15 y 20 días de atención.
En el centro reciben alimentación, higiene, medicamentos y monitoreo constante, pero salir del hospital no significa necesariamente salir del riesgo porque pueden regresar a las condiciones que propiciaron la desnutrición.
“Cuando los niños no complementan la dieta después de un año o año y medio vuelven a recaer”, explicó el enfermero.
Las recaídas suelen ocurrir porque las condiciones estructurales que provocaron la desnutrición continúan intactas: pobreza, falta de alimentos, ausencia de agua potable o necesidad de que ambos padres salgan a trabajar dejando a los niños bajo cuidados limitados.
El propio sistema de salud reconoce que el problema no puede resolverse únicamente desde los hospitales, es por ello que existen seguimientos comunitarios, visitas domiciliares y monitoreos realizados por auxiliares de enfermería en distintas aldeas; sin embargo, la magnitud de la crisis suele superar las capacidades locales.
A nivel nacional, el Sistema de Información Nacional de Seguridad Alimentaria y Nutricional (SIINSAN) reportaba para la semana epidemiológica 28 de 2026 -9 de mayo- un total acumulado de 11 mil 623 casos de desnutrición aguda en menores de cinco años. De esos casos, más de mil 800 fueron catalogados como desnutrición aguda severa.
Los departamentos con mayores registros continúan siendo Alta Verapaz, Escuintla, San Marcos, Huehuetenango y Guatemala.
Los datos oficiales también reflejan que el problema mantiene una fuerte concentración en territorios históricamente golpeados por pobreza, inseguridad alimentaria y dificultades de acceso a servicios básicos, particularmente en áreas rurales e indígenas del Corredor Seco y del norte del país.
Pero además de los efectos de la sequía y la pobreza, el sistema público de salud enfrenta dificultades para sostener la atención especializada de los niños más graves.
El diputado Jairo Flores, integrante de la Comisión Legislativa de Seguridad Alimentaria, aseguró que en Alta Verapaz de cuatro centros especializados de atención a la desnutrición únicamente queda funcionando uno.
Según el legislador, el Centro de Atención Integral Materno Infantil (CAIMI) mantiene condiciones adecuadas de infraestructura y durante 2025 atendió a 120 niños con desnutrición; sin embargo, este año dejó de recibir pacientes debido a la falta de un pediatra.
“El director mandó tres cartas al viceministro para solicitar la contratación del pediatra”, afirmó Flores, quien además indicó que desde noviembre no existe ese especialista en el centro y que el año pasado la atención pudo mantenerse parcialmente debido a un estudiante de Ejercicio Profesional Supervisado (EPS) de pediatría.
Las declaraciones evidencian cómo la crisis alimentaria también termina chocando con las limitaciones estructurales del sistema de salud pública, particularmente en departamentos donde la desnutrición es recurrente.
La amenaza que vuelve cada pocos años
En Guatemala, El Niño no es un fenómeno nuevo, pero los expertos advierten que el país sigue reaccionando de manera improvisada y reactiva. “La adecuada gestión de riesgos debería ser parte fundamental de todos los planes y políticas de Estado”, señalaron los investigadores del IARNA.
Aunque los impactos más severos podrían manifestarse durante la segunda mitad del año, las autoridades aseguran que ya comienzan a observarse señales de riesgo. La CONRED informó que los monitoreos muestran condiciones compatibles con los efectos esperados de El Niño y advirtió sobre posibles repercusiones en la seguridad alimentaria, la salud y el empleo agrícola.
Según la institución, el Corredor Seco continúa siendo la región de mayor preocupación debido a la perspectiva de lluvias por debajo del promedio y períodos secos más prolongados.
A diferencia de otros desastres naturales, como terremotos o erupciones volcánicas, los fenómenos climáticos pueden pronosticarse con varios meses de anticipación. Eso permitiría prepararse mejor para enfrentar sequías, pérdidas agrícolas y escasez de agua; sin embargo, la prevención sigue siendo limitada.
“Tradicionalmente el país ha respondido de forma reactiva a estos eventos en vez de un enfoque que privilegie la prevención y la preparación”, advirtieron.
Pese a ello, algunas instituciones estatales comenzaron a activar medidas ante la posibilidad de un nuevo evento de El Niño.
La Coordinadora Nacional para la Reducción de Desastres (CONRED) advirtió sobre altas probabilidades de condiciones asociadas a El Niño entre 2026 y 2027, señalando riesgos de disminución de lluvias, incremento de temperaturas, canícula prolongada e incendios forestales. La institución también informó que mantiene monitoreos coordinados con el INSIVUMEH y reservas estratégicas para responder a posibles emergencias.
Por aparte, el Ministerio de Agricultura, Ganadería y Alimentación (MAGA) anunció acciones preventivas orientadas principalmente al Corredor Seco Ampliado, donde se concentra gran parte de la agricultura de subsistencia del país.
Estas acciones forman parte de la actualización del Plan Institucional de Respuesta 2026 (PIR-2026), presentado por el MAGA ante los escenarios climáticos previstos para los próximos meses.
Según las autoridades, la estrategia busca anticiparse a los efectos de una posible canícula prolongada, el incremento de temperaturas y la irregularidad de las lluvias mediante monitoreo territorial, protocolos de respuesta y herramientas técnicas para reducir pérdidas en la producción agrícola y pecuaria.
Entre las medidas oficiales se encuentran programas de conservación de humedad, captación de agua, recomendaciones agroclimáticas y herramientas de zonificación agrícola para determinar qué cultivos pueden resistir mejor las sequías.
Especialistas también han insistido en la necesidad de fortalecer los sistemas de monitoreo de sequías, almacenamiento de agua, sistemas de riego, seguros agrícolas, prácticas de conservación de humedad, y diversificación de cultivos.
También consideran necesario replantear el modelo agrícola en zonas donde las lluvias ya no responden igual que hace décadas.
“La siembra de cultivos se da como una tradición, pero hay lugares que ya dejaron de ser adecuados y es necesario sembrar otras cosas”, explicó Orrego.
Sin embargo, la gran interrogante sigue siendo si las acciones estatales lograrán adelantarse realmente a la crisis o si, como en ocasiones anteriores, la respuesta llegará cuando la sequía ya haya destruido las cosechas y los niños comiencen a llenar nuevamente los centros de recuperación nutricional.
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