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El suelo pegajoso y un techo de cristal: para la igualdad salarial se debe redistribuir el cuidado

Escrito por Jorge Fernández

“No podemos comprender cuánto ganan las mujeres, sin preguntarnos cuánto tiempo tienen disponible para trabajar fuera de casa, en qué condiciones, qué trabajos pueden aceptar, qué responsabilidades sociales se les asignan”.

Ana Lucía Ramazzini

 

Por Jorge Fernández

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) proclamó en el año 2019 al 18 de septiembre como el día dedicado a visibilizar la exigencia de una remuneración igual por un trabajo de igual valor independientemente de quién lo realiza. La conmemoración se apoya en el Convenio sobre Igualdad de Remuneración (C100) de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), adoptado en 1951, considerado el primer instrumento internacional que abordó de forma directa la discriminación salarial por sexo.

La fecha también se enmarca en los Objetivos de Desarrollo Sostenible, específicamente en la meta de alcanzar la igualdad de género y el trabajo decente para todas las personas. Desde 2017 existe además la Coalición Internacional para la Igualdad Salarial (EPIC), dirigida por la OIT, ONU Mujeres y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), que reúne a gobiernos, empresas y organizaciones de trabajadores y trabajadoras para impulsar avances concretos en la materia.

A nivel global, se estima que las mujeres ganan un 20% menos que los hombres. La cifra empeora cuando se cruza con otros ejes de desigualdad; en Estados Unidos por ejemplo, por cada dólar que percibe un hombre blanco, una mujer negra gana 63.7 centavos, una mujer indígena norteamericana 59 centavos y una mujer latina 57 centavos.

Las cifras del INE en Guatemala

En Guatemala, los datos más recientes los aporta la Encuesta Nacional de Empleo e Ingresos Continua (ENEIC), que el Instituto Nacional de Estadística (INE) publica cada trimestre. Según el Boletín Estadístico no. 3, en el cuarto trimestre de 2025 el ingreso laboral mensual promedio en el país fue de Q2,842. Al desagregarlo por sexo, la diferencia es de Q3,160.60 para los hombres frente a Q2,313.40 para las mujeres, es decir, Q847.20 menos al mes para ellas.

La socióloga feminista Ana Lucía Ramazzini señala que esa diferencia equivale a que el ingreso promedio de las mujeres fue aproximadamente 26.8% menor que el de los hombres en ese período. Para Ramazzini, estos números no se explican únicamente por el monto del salario, "No podemos comprender cuánto ganan las mujeres sin preguntarnos cuánto tiempo tienen disponible para trabajar fuera de casa, en qué condiciones, qué trabajos pueden aceptar, qué responsabilidades sociales se les asignan".

La brecha también varía según el territorio: en el área metropolitana, el ingreso de los hombres alcanzó Q4,565.4 frente a Q3,411.0 de las mujeres. En el resto urbano, la relación fue de Q3,317.7 contra Q2,317.2. Y en el área rural nacional, donde los ingresos son los más bajos del país, los hombres percibieron Q2,421.5 y las mujeres Q1,790.0.

A esto se suma que la participación de las mujeres en el mercado laboral es mucho menor que la de los hombres; al cierre de 2025, la tasa global de participación fue de 83.8% para ellos y de apenas 47.0% para ellas, según la misma encuesta. En ese sentido, ¿en dónde están las mujeres y qué hacen si no están en el mercado laboral?

 

Trabajo no remunerado y no registrado

Detrás de esos porcentajes hay una carga de trabajo que no se contabiliza como empleo pero que sostiene buena parte de la vida cotidiana de todo el país. De acuerdo con los indicadores de Uso del Tiempo del INE, con datos de la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (ENCOVI) 2023, las mujeres mayores de 12 años dedican en promedio 6 horas diarias al trabajo no remunerado, mientras que los hombres dedican 2.7 horas.

Ramazzini describe este reparto como el resultado de la división sexual del trabajo, una organización social que ha asociado históricamente a las mujeres con la crianza, el cuidado, la limpieza y la alimentación, mientras coloca a los hombres en el papel de proveedores. Ese tiempo dedicado a los cuidados, explica, termina limitando el acceso de las mujeres a empleos de tiempo completo, a puestos mejor pagados, a capacitaciones o a viajes laborales, y puede obligarlas a interrumpir sus trayectorias profesionales. 

 

El tiempo como un campo de poder

Para Ramazzini, hablar de esas 6 horas diarias de cuidado no remunerado no basta si se queda solo en el dato, pues afirma que hay que reconocer que también es un campo de poder, y que el tiempo que las mujeres destinan a los cuidados les cierra oportunidades de empleo remunerado o de puestos mejor pagados. En la práctica, eso significa terminar aceptando trabajos de medio tiempo, informales o cercanos a la casa, no poder tomar viajes laborales ni procesos de formación, o interrumpir trayectorias profesionales que ya estaban en marcha.

Esa pérdida tiene, según explica, un efecto que va más allá del empleo: reduce la autonomía económica de las mujeres, algo que Ramazzini considera fundamental para vivir en condiciones dignas y que además funciona como habilitador de otras posibilidades, entre ellas la de poder detener las violencias que se viven.

La doble carga de trabajo remunerado y trabajo de cuidados impone además condiciones estructurales distintas a las que enfrentan los hombres para construir una carrera o llegar a cargos de toma de decisión: ritmos desiguales para avanzar en ambos frentes a la vez, agotamiento acumulado, menos tiempo disponible para capacitarse y proyectos propios que quedan sin seguimiento.

Ramazzini sitúa esto dentro de una lógica capitalista productivista que instala el ideal de la trabajadora permanentemente disponible, más allá de cualquier horario, la que "puede dar la milla más", la que debe rendir según lo que se espera de ella y que "pierde el tiempo si descansa y no produce". Son, dice, condiciones de trabajo perversas que se presentan como neutrales pero que terminan siendo muy beneficiosas para el sistema.

 

La brecha se agranda para las mujeres indígenas

Según la académica María José Durán, en Guatemala el salario promedio de la población indígena es 38% menor al de la población no indígena, una brecha bastante mayor que la que existe entre hombres y mujeres a nivel nacional (26%).

Mientras que la desigualdad salarial entre hombres y mujeres responde en buena medida a discriminación directa por género en el mercado de trabajo, en el caso de la población indígena el 75% de la brecha se explica por diferencias en educación y experiencia, y el 25% restante por discriminación étnica. Esto refleja que la población indígena enfrenta antes obstáculos de acceso al sistema educativo, lo que después limita sus posibilidades de conseguir un empleo mejor pagado.

En estas circunstancias el género y la pertenencia étnica se refuerzan mutuamente. Las mujeres jóvenes indígenas del área rural son quienes enfrentan las peores condiciones salariales, por debajo de las mujeres jóvenes no indígenas, los hombres jóvenes indígenas y los hombres jóvenes no indígenas. 

Ramazzini agrega una lectura interseccional a este panorama, incluso cuando el trabajo doméstico es remunerado, está atravesado por el racismo, ya que se asigna socialmente a mujeres indígenas, rurales y empobrecidas.

 

Suelo pegajoso y techo de cristal 

Para explicar por qué estas brechas persisten pese a las leyes y los convenios internacionales, Ramazzini recurre a dos categorías del pensamiento feminista. El "suelo pegajoso" nombra las condiciones sociales, económicas y culturales que mantienen a las mujeres en los niveles más bajos y precarios del mercado laboral. El "techo de cristal" describe las barreras invisibles que les impiden ascender a puestos de decisión, aunque cuenten con la formación necesaria para ocuparlos. 

Ramazzini distingue además dos formas de discriminación salarial: la directa, cuando hombres y mujeres hacen el mismo trabajo y reciben pagos distintos por su sexo, y la que ocurre cuando ciertas ocupaciones históricamente feminizadas, como el cuidado o la docencia, son valoradas económicamente por debajo de lo que merecen, sin que eso tenga relación con las capacidades que exigen.

¿Qué hacer ante esta desigualdad?

Los datos del INE muestran que la tasa de informalidad laboral también golpea con más fuerza a quienes ya enfrentan mayores brechas salariales: mientras en el área metropolitana alcanzó 44.3% en el último trimestre de 2025, en el área rural nacional llegó a 77.3%.

Para Ramazzini, cerrar la brecha salarial requiere políticas públicas que no se limiten a la equiparación de sueldos, sino que también transformen la organización social del cuidado. "Los números son importantes para la igualdad salarial, y estos se derivarán de las condiciones que permitan la distribución equitativa del tiempo, de los cuidados, así como de las oportunidades".

Las fechas conmemorativas, dice, sirven para colocar el tema en la agenda pública, pero no transforman por sí solas las estructuras que reproducen la desigualdad. Este trabajo, insiste, sigue pendiente.

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