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Esperanza: la realidad de las trabajadoras domésticas en Guatemala

Escrito por Angie Ross

Por Angie Ross

Sentada en un espacio que no siente propio, pero que habita todos los días, una mujer de 38 años —que prefiere no revelar su nombre— sin embargo la llamaremos Esperanza, cuenta su historia. La comparte luego de haber participado este domingo 12 de abril en la Feria Informativa para las Trabajadoras Domésticas, del Hogar y de Casa Particular, realizada en la Plaza de las Niñas.

La feria fue impulsada por el Consorcio por los Derechos Laborales y del Cuidado Remunerado y No Remunerado de las Mujeres, conformado por la Asociación de Mujeres en Solidaridad (AMES), el Sindicato de Trabajadoras Domésticas, Similares y a Cuenta Propia (SITRADOMSA), Ruda y Bizkaia, con el apoyo de Oxfam en la que se realizaron actividades lúdicas, formativas sobre derechos laborales, sexuales y reproductivos, y espacios de encuentro entre trabajadoras domésticas. 

Ahí, entre crayones, conversaciones y asesorías, decidió hablar.

Habla pausado, pero con la claridad de quien ha pensado muchas veces en irse, en quedarse, en resistir.

Migró desde Totonicapán hacia la capital en plena pandemia de Covid-19. Allí dejó su negocio propio y una vida que, aunque limitada, le permitía sostener a sus hijos. La crisis la obligó a tomar una decisión.

“Llegamos a las limitaciones de no tener que comer porque no había manera de poder trabajar”.

Con dos hijos y siendo el sostén del hogar, migró a la capital en busca de empleo. Caminó por las calles, buscó oportunidades en lo que había estudiado —Educación Física y Trabajo Social—, pero no las encontró.

“No encontraba ninguna oportunidad”.

El trabajo llegó de otra forma.

“No me importa”, recuerda que pensó al enviar su currículum para optar a una plaza como trabajadora del hogar.

Dos mundos en una misma casa

Trabajar en una casa de alto nivel económico no solo implica limpiar o cocinar. Implica entrar —sin pertenecer— a un mundo completamente distinto.

“Ellos tienen todo al alcance. Seguridad, comida, tiempo. Nosotros hacemos que eso funcione”.

Desde su experiencia, la diferencia no es solo económica, es también de vida cotidiana:

Mientras la familia tiene horarios definidos, ella vive en una jornada extendida que empieza antes del amanecer y termina de noche.

Mientras ellos tienen espacios amplios, ella habita un cuarto pequeño dentro del mismo lugar de trabajo.

Mientras ellos descansan, ella sigue disponible.

“Ellos viven su vida. Yo vivo para que su vida funcione”.

La confianza que vigila

Para acceder al empleo, tuvo que pasar por un proceso de investigación.

“Cuando uno entra a trabajos así con personas importantes, no lo contratan de inmediato, primero lo investigan”.

Entiende las razones.

“Ellos tuvieron una experiencia cuando alguien trabajó con ellos y luego trató la manera de estafarlos o de robarles”.

Pero ese proceso también marca una distancia desde el inicio.

Esperanza durante la caminata desde la Sexta Avenida rumbo a la Feria Informativa para Trabajadoras Domésticas, del Hogar y de Casa Particular. Foto: Angie Ross

Ser madre en medio del trabajo

Hace dos años tomó la decisión de llevar a su hija a vivir con ella. Lo que parecía una oportunidad también se convirtió en un desafío.

El cambio fue brusco. De la vida en el pueblo a una ciudad que no le ofrecía el mismo sentido de libertad ni de pertenencia, su hija tuvo que adaptarse a un entorno desconocido, marcado por nuevas dinámicas y también por el rechazo.

En la escuela, enfrentó discriminación por su origen. En casa, el espacio tampoco se sentía propio.

La distancia emocional también empezó a hacerse evidente. Las largas jornadas de trabajo limitaron el tiempo que podían compartir, afectando su relación.

Con el paso del tiempo, esa acumulación de cambios, ausencias y presión derivó en una situación crítica para su hija, que hoy ambas atraviesan con acompañamiento profesional.

Para la madre, esto ha significado replantearse su vida, su trabajo y las condiciones en las que quiere seguir adelante.

Cuando la “ayuda” no es salario

Su salario base es de Q4,500. Sus empleadores cubren el colegio y el transporte de su hija, pero con el tiempo entendió que eso no debía sustituir su sueldo. “Mi salario tiene que ser mi salario y aparte es el colegio de mi hija”.

Tras recibir asesoría legal, comprendió que su trabajo debería ser remunerado de otra manera. “Debería de ser por lo menos 7,000 quetzales mi salario por todo lo que hago y el horario que tengo”.

Durante años, normalizó esa condición. “Mi necesidad ha sido muy grande”.

Dentro del mismo entorno laboral, las diferencias también se traducen en carga de trabajo.

“Como yo gano más, yo tenía que hacer más”.

Esa lógica implicó mayor presión y responsabilidades. “Eso no es así”.

Violencias que se normalizan

Cuando habla de violencia, no se refiere únicamente a lo físico. Su experiencia le ha enseñado que muchas formas de agresión pasan desapercibidas o se justifican dentro del entorno laboral.

“Pensamos que son golpes, pero no son golpes, son palabras”.

En su día a día, describe dinámicas que se vuelven parte de la rutina: llamados de atención constantes, desvalorización y un trato que termina por afectar la percepción que tiene de sí misma.

“Para ellos es normal… la exagerada soy yo”.

También señala prácticas que afectan directamente sus condiciones básicas dentro del trabajo, como la falta de respeto a sus tiempos. Estas situaciones, acumuladas, tienen un impacto emocional profundo.

“Uno llega a preguntarse si realmente merece que lo traten así”.

Además, relata un episodio de agresión dentro de su lugar de trabajo, que marcó un punto de quiebre.

“Fui agredida verbalmente y físicamente por un compañero de trabajo”.

Según cuenta, tras lo ocurrido no encontró el respaldo que esperaba por parte de sus empleadores, lo que profundizó su sensación de vulnerabilidad dentro del espacio laboral.

Foto: Angie Ross

La ciudad que encierra

Vivir en el lugar de trabajo también implica límites que van más allá de lo laboral. Para su hija, ese espacio no se siente como un hogar.

“No es mi casa”.

La cotidianidad está marcada por restricciones que antes no existían en el pueblo, donde la libertad era parte de su vida diaria.

“No puede salir”.

Romper el silencio

El acercamiento a otras trabajadoras marcó un punto de quiebre en su historia. Ese primer contacto no fue planificado: ocurrió mientras caminaba con su hija en la Avenida Las Américas, en uno de sus días de descanso.

Ahí reconoció a integrantes del Sindicato de Trabajadoras Domésticas, Similares y a Cuenta Propia (Sitradomsa), a quienes ya había visto anteriormente en redes sociales. Se acercó, pidió información y desde entonces comenzó a participar en reuniones y espacios de formación.

Ese encuentro significó algo más que información. “No estoy sola”. A partir de ese momento, empezó a conocer sus derechos y a cuestionar las condiciones en las que había trabajado durante años.

“No sabíamos los derechos que tenemos”. Ese proceso también transformó su forma de verse a sí misma dentro del trabajo. “El miedo se fue”.

Foto: Angie Ross

“No somos nadie, pero…”

Su reflexión resume la contradicción que atraviesa su experiencia como trabajadora del hogar.

“No somos nadie, pero somos las personas más importantes porque gracias a nosotros pueden alimentarse bien, pueden tener un ambiente limpio”.

Reconoce el valor de su trabajo, aunque ese reconocimiento no siempre se traduzca en condiciones dignas.

Una decisión abierta

Actualmente se encuentra en una pausa laboral, atravesando un momento de incertidumbre.

“No sé si continuar o no continuar”.

La decisión no es solo sobre el trabajo, sino sobre el tipo de vida que quiere construir. “Quiero ofrecerle a ella (a su hija) un lugar seguro, un lugar digno”.

En medio de esa reflexión, también hay una certeza que surge de todo lo vivido. “Desde el día uno luchen por sus derechos”.

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Angie Ross

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