Fragmentos de La casa del Terror Terror Háza
“Desde el momento en que haya un solo desaparecido en Sudamérica o un solo torturado en el mundo, todos los demás somos sobrevivientes (de un sistema que no dudaría en desaparecernos) y sólo por eso hablamos. Y que cada relato, cada gesto de memoria no son sino la lucha de millones de seres humanos por convertirnos en seres humanos y por el derecho a continuar siéndolo”.
-Alma Delia Murillo-
Por Noelia Herrera
Una cruz se confunde con una estrella. Ambas imágenes se superponen en la historia y lo que dejan es una estela de terror y destrucción. Podría estar hablando de Chile, de México, de Colombia, de Guatemala. Hoy me refiero a Hungría. En esta región, un régimen totalitario le siguió a otro, y las cifras de las víctimas estremecen al conocerlas, y se parecen a las cifras de Guatemala. Son los números de personas deportadas, desaparecidas, exiliadas, desplazadas, reagrupadas, separadas de sus familias. Es el saldo que dejó una dictadura que se intercaló a otra por alrededor de cincuenta años. Si bien el país parece haberse recuperado, el resultado salta a la vista: una estela histórica con tintes de represión y miedo que se expande, cobra nuevas formas, y no desaparece.

Vallas en las afueras del Museo TerrorHáza, Budapest, Hungría. [¿Los hemos olvidado? Aquellos forzados a dejar nuestro país después de la Revolución y lucha por la libertad en 1956: 200,000. Foto: Noelia Herrera, 2025
TerrorHáza es un museo dedicado a la memoria e historia de Hungría durante dos regímenes de terror que doblegaron al país en el siglo veinte. El edificio está conformado por cuatro niveles: sótano, planta baja, primer piso y segundo piso. En cada nivel se encuentran las salas que abordan temas según la cronología de la historia. Cada sala está ambientada con música, luces tenues, objetos, muebles, mapas, videos, fotografías, audios, recursos que se mezclan para crear una atmósfera perfecta para representar el terror.
Además, en este edificio neorrenacentista funcionó primero un periódico de ultraderecha llamado Összetartás o Solidaridad, en español. El líder el partido nazi húngaro lo llamó The House of Loyalty. Su sótano funcionó como sitio de tortura en la década de los 40. Posteriormente, bajo la ocupación soviética, el edificio fue ocupado por la Politikai Rendészeti Osztály PRO, o Departamento de la Policía Política, en español, también una sala de detención, desaparición y tortura. La historia del edificio también es la historia del terror, y fue testigo de las acciones de ambos regímenes.
Algunos pormenores de los regímenes ayudan a comprender la magnitud incalculable del terror:
El primero fue el periodo pronazi húngaro, liderado por el Partido de la Cruz Flechada o Nyilaskeresztes Párt. Si bien este partido estuvo en el poder únicamente de 1944 a 1945, ya desde 1920 el gobierno actuaba de forma abiertamente antijudía. Este actuar se agudizó en 1938. Durante este periodo, las autoridades asesinaron a 500 mil personas judías húngaras. Otros aspectos que definen al periodo: definición racial o racialización de personas judías, limitaciones económicas, limitaciones educativas, explotación laboral, persecución, ejecución, desaparición, rompimiento familiar, desplazamiento, exilio, exterminio, genocidio, expansión territorial húngara.
Después de esta primera ola de terror, como ola de mar o más bien tsunami, se aproximó e instauró la segunda dictadura bajo el amparo del régimen soviético. La soberanía húngara se perdió en marzo de 1944, y la ocupación duró aproximadamente cuatro décadas hasta su término en 1991. La Revolución Húngara fue en 1956, con el objetivo de terminar con la dictadura comunista. A este periodo lo caracterizó la tortura, ejecuciones, limitaciones económicas, limitaciones educativas, deportaciones, explotación laboral, persecución, ejecución, desaparición, rompimiento familiar, desplazamiento, exilio.
Las fotografías anteriores permiten tener una visión rápida del museo: en la calle, antes de entrar, hay una serie de vallas que describen con cifras el terror. También está la representación de la Cortina de Hierro. Me provoca gracia pensar que García Márquez describió la Cortina de Hierro como “un palo pintado de rojo y blanco”. Y también me provoca gracia la representación que el museo hizo: literalmente una cortina de hierro. Esta cortina tuvo como bases el terror, la ideología, y principalmente el terror y el miedo.
.jpeg)
Afueras del museo TerrorHáza. Foto: Noelia Herrera
Al entrar al museo inmediatamente hay una ventanilla para ingresar. Hasta ahora todo parece usualmente normal. Al pasar el molinillo de entrada, el escenario cambia abruptamente: justo enfrente se tiene un tanque sobre una plataforma de concreto cubierta por agua, y detrás del tanque una pared con la altura de cuatro pisos, toda ella tapizada con los rostros de las víctimas de ambos regímenes.

Áldozatok se traduce como víctimas en español. Foto: Noelia Herrera, 2025
¿Cuántas paredes de cuántos edificios necesitaríamos para colocar allí los rostros de las víctimas de las dictaduras? Así inicia el recorrido del terror. Posteriormente, se sube al siguiente nivel. En las gradas hay estatuas y placas en alusión al socialismo. En cada piso hay salas temáticas: deportación durante el régimen nazi, el partido Cruz Flechada, la resistencia, el castigo soviético a Hungría, la Revolución de 1956, entre otros. Únicamente visité doce salas. En el segundo piso yo ya estaba hiperventilando y me costaba respirar.
La atmósfera me asfixiaba, la gente mirando con seriedad me impedía salir corriendo de allí. Lo último, lo que derramó mis miedos sobre el piso y me hizo resbalar hacia el abismo, fue el video de una mujer contando su historia, la historia de su esposo, la historia de la búsqueda de su esposo, la historia del rompimiento de su familia y su esposo desaparecido. Quisiera poder brindar datos exactos, como por ejemplo decir que en los testimonios que se presentaban, únicamente las mujeres explicaban los procesos de búsqueda de sus seres queridos y de búsqueda de justicia. Pero no es así. No tuve la fuerza para permanecer y realizar este análisis. Puedo decir que los testimonios de las mujeres siempre han sido difíciles de escuchar, precisamente porque en ellos se encuentran con mayor frecuencia los rasgos de fuerza, ternura, amor y lucha de la búsqueda inclaudicable.
En el video, una mujer fuerte, húngara, con voz áspera, con mirada quemante, se quebró al contar los años que duró su búsqueda de justicia. Mi cerebro se entumeció y en la coronilla sentí el frío de la realidad. Conforme leía los subtítulos, el terror se apoderó de mí. A medio video me aparté de la sala y me alejé casi corriendo.
Sin pensarlo entré en el siguiente salón. En él, todas las paredes son blancas, de ladrillo pintadas de blanco, con la marca de 1Kg y la palabra “serteszsir” (grasa de cerdo) marcados. Este laberinto bizarro empeoró mi situación. Sentí que iba a enloquecer. Las paredes formaban un laberinto. Era como estar dentro del libro 1984. De pronto apareció la figura de un cerdo totalmente blanco, y en las paredes y ladrillos y el símbolo Kg que se repetía una y otra vez, así la visión se antojaba sobrenatural o surreal.
No había escapatoria, no había una mano a la cual aferrarse, no había calor de pecho donde ocultarse. Pregunté a una joven adolescente que pertenecía a un grupo de colegiales visitantes del museo: “Excúseme, I have a little trouble, ¿do you speak in english? could you please helpme? (Disculpe, tengo un pequeño problema. ¿Habla inglés? ¿Podría ayudarme, por favor?)”. Ella volteó a verme momentáneamente y respondió en un simple y cerrado húngaro que entendí a la perfección: nem. Ella se volteó de nuevo para mirar y escuchar al guía, y me dejó viendo su oreja.
Entendí que mi única salida era regresar por donde había venido. Entonces recordé el poema de Ak’abal y me salvó.
De vez en cuando
camino al revés:
es mi modo de recordar.
Si caminara sólo hacia delante,
te podría contar
cómo es el olvido.
Me concentré en mirar únicamente al piso, con cuidado de no tropezar con alguien, y emprendí mi huida en retroceso. Feliz y milagrosamente para mí, encontré a mis acompañantes unos minutos después. Rápida, tomé una mano cálida y dije que prefería salir de la sala para respirar aire. En ella no había salida hacia el pasillo, así que tuve que atravesar de nuevo el laberinto de paredes blancas y un par de salones más hasta encontrar una puerta hacia el exterior, pero ahora aferrada a una mano cálida que me guiaba.
Tantas cosas que pasaron por mi mente en esos momentos. Sobresalían imágenes de las mujeres buscadoras de México, de Colombia y de Guatemala, quienes literalmente continúan con palas y piochas entre sus manos para buscar en la tierra a sus seres queridos y que golpean instituciones para exigir justicia.
Después conté a mi familia lo que había vivido, y todas las impresiones que tenía. Alguien me dijo: “Pero si tú querías entrar, fue tu decisión continuar con el recorrido”. Pienso que siempre es mi decisión tratar de conocer y comprender estos tramos históricos de Hungría y de mi propio país, Guatemala, solo es que a veces no es tan fácil y se vienen los ataques de ansiedad o pánico ante el terror. Pienso también en la importancia de afrontar estos tramos históricos y traumáticos para comprendernos mejor como colectivos y como sociedad. Tal vez eludimos los temas por el miedo, por el desconocimiento, porque tememos perdernos en un laberinto que parece demasiado caótico y terrorífico. Pero si nos quedamos y escuchamos, encontraríamos también las historias de búsqueda, de amor, y las razones que mueven a las personas a dar su testimonio, o a construir museos del terror: para que esto no ocurra nunca más.
¿Por qué en este texto coloco ambos regímenes y no hago distinción? Podría haber escrito sobre un solo régimen, y luego en otro texto discutir sobre el subsiguiente. Tan solo estoy siguiendo la lógica del museo. La intención de este al colocar ambos regímenes sin descanso, sin pausa. ¿Cuál es el objetivo de ello? Podría ser la de evidenciar el absurdo, el terror y la sinrazón de las guerras y de las dictaduras, y que las sociedades son quienes pagan con vidas y muertes para sostener este sistema.
Y por qué hablo sobre la historia de los regímenes de terror de un país que se encuentra a miles de kilómetros de aquí. Porque a veces es más sencillo y menos doloroso hablar de algo que está lejos. La lejanía permite abordar discusiones propias que de otra manera no podría mencionar. Y porque realmente impresionan algunas similitudes entre los dos regímenes, y también el hecho de que una guerra es una guerra y una dictadura es una dictadura.
.jpeg)
Imagen tomada del catálogo del museo TerrorHáza, 2024, de la Foundation for Research on Central and Eastern European History and Society. Foto: Noelia Herrera
Las similitudes entre los dos regímenes que presenta el museo son ineludibles. ¿Cuáles son las principales características del totalitarismo y dictaduras? Aquí nombro algunas que define Arendt:
Concentración del poder. Ausencia de elecciones libres. Represión de la oposición. Control de la opinión y medios de comunicación. Restricción de libertades civiles. Culto a la personalidad. Estado de excepción permanente. Militarización. Sin límites entre poder Ejecutivo y Legislativo. Justificación de todas estas características según “emergencia económica, emergencia de seguridad, emergencia por invasión extranjera”.
En el contexto actual, esto debería preocuparnos a todos y todas. Muchas de estas características se evidencian en gobiernos del norte, del centro, de oriente y de occidente, donde las bombas se envían a diestra y siniestra, donde continúan primando los intereses económicos por encima del bienestar y la vida.
Sinceramente, siempre me he preguntado qué podemos hacer como personas comunes ante toda una maquinaria política y económica del terror. Tal vez empatizar, implicarnos en esta realidad, escuchar las historias y dejarnos estremecer. También observar si los “líderes” y sus partidos tienen rasgos dictatoriales o promueven la violencia; ser críticos con todas las propuestas políticas. Por ahí podríamos empezar. Porque ninguna expresión de violencia, guerra, bombardeo o dictadura deja a su paso algo bueno para la sociedad, al contrario, todas dejan una herida profunda que permanece a veces abierta o a veces logra cicatrizar de cierta manera. A lo largo de las generaciones quedan esas marcas, para mirarlas solo es cuestión de hacer el ejercicio de caminar hacia atrás.