La casa que nos encierra no es un hogar
Escrito por Colectivo Trans-Formación
Hay una imagen que el imaginario colectivo repite cuando se habla de personas trans abandonadas: la de alguien con una maleta en la puerta de su casa, echado a la calle por una familia que no quiere comprenderle. Es una imagen real. Sucede. Y sucede con demasiada frecuencia, especialmente entre mujeres trans que son expulsadas de sus hogares en el momento en que se atreven a decir quiénes son.
Por Colectivo de Hombres Trans Trans-Formación
Pero hay otra imagen que casi nadie ve. Una que no cabe fácilmente en los relatos de expulsión. Es la de un hombre trans al que no le permiten salir. "No te echan. Te encierran. Porque eres 'la nena de la casa', y a las nenas hay que protegerlas".
Esta distinción importa. Importa mucho. Porque el encierro y el abandono son formas distintas de violencia, y ambas dejan marcas. Pero el encierro tiene algo particularmente cruel: se disfraza de amor.
El control como forma de (no) cuidado
Cuando un hombre trans comienza a nombrarse, a existir desde su verdad, la respuesta familiar frecuente no es la puerta de la calle. Es la habitación con llave. Es el celular revisado. Es la prohibición de ver a ciertas personas, de ir a ciertos lugares, de hablar con quienes puedan "influirte". Es la vigilancia disfrazada de preocupación.
La lógica detrás es tan antigua como el patriarcado: las mujeres —y para sus familias, ellos siguen siendo "las mujeres de la casa"— necesitan ser protegidas, guiadas, contenidas. No se les permite irse porque se les considera propiedad. No se les cree cuando dicen quiénes son porque se les ha enseñado que no saben lo que quieren.
El resultado es que el hogar, ese espacio que debería ser refugio, se convierte en el primer lugar donde el hombre trans aprende que su identidad no es bienvenida. Y aprende también algo más oscuro: que dentro de esas paredes, lejos de toda red de apoyo, es infinitamente más vulnerable a sufrir abusos que nunca serán nombrados, porque nadie desde afuera puede verlos.
Una distinción que visibilizar: mientras las mujeres trans enfrentan con mayor frecuencia el abandono y la expulsión del hogar, los hombres trans suelen vivir el control y el encierro. Ambas son formas de violencia basada en la identidad de género, y ambas requieren respuestas y redes de apoyo específicas.
Cuando la familia falla, la red sostiene
Pero esta historia no termina en el encierro. Termina —o más bien, comienza de nuevo— en el momento en que alguien encuentra su red.
Las redes de apoyo para personas trans no son un lujo ni un extra. Son, en muchísimos casos, la diferencia entre sobrevivir y no hacerlo. Son las personas que reciben el mensaje a las tres de la mañana. Son quienes acompañan a una cita médica cuando la familia no sabe —o no quiere saber— que esa cita existe. Son quienes celebran el primer nombre propio dicho en voz alta.
Esas redes existen. Se construyen con tiempo, con cuidado y con mucha intencionalidad. Se construyen en grupos de WhatsApp que empiezan con tres personas. En encuentros que parecen casuales y se vuelven esenciales, incluso en el Colectivo Trans-Formación, nuestro principio es trabajar activamente para que ningún hombre trans tenga que atravesar su proceso en soledad. La familia elegida no reemplaza a la familia de origen. La supera, cuando la de origen ha fallado en lo más básico: el respeto y reconocimiento.
Los vínculos como acto político
Construir vínculos no es solo un acto de sobrevivencia individual. Es un acto político. Cada espacio seguro que se crea, cada persona que tiende la mano, cada organización que se sostiene con esfuerzo colectivo, es una declaración de que el Estado, la familia y la sociedad han fallado —y que no vamos a esperar a que se corrijan para vivir con dignidad.
Los hombres trans que logran salir del encierro —físico o emocional— y encontrar su red cuentan historias similares: hubo alguien, en algún momento, que les dijo que no estaban solos. Que lo que sentían tenía nombre. Que había otros que habían caminado ese camino y habían llegado a lugares más seguros.
Ese alguien puede ser una persona. Puede ser un colectivo. Puede ser una publicación en redes, un número de contacto compartido con discreción. La red de apoyo no tiene una forma fija. Tiene una función: sostener.
Construir el hogar que merecemos
En una conversación con Nikita Dupuis, líder trans masculino colombiano, dijo: “Si hay algo que las personas trans saben hacer es construir. Y si hay algo que los hombres trans saben hacer es resolver”.
Sabemos construir identidad en medio de la negación. Construir comunidad en medio del aislamiento. Construir hogar en medio del encierro.
Porque un hogar no es un techo ni cuatro paredes. Un hogar es el lugar donde te llaman por tu nombre. Donde tu cuerpo no necesita justificarse. Donde puedes existir sin miedo.
Ese hogar, cuando la familia de origen no puede o no quiere darlo, lo construimos nosotrxs. Con amigxs. Con compañerxs de lucha. Con organizaciones que nacen precisamente de esa necesidad de no dejar a nadie sin refugio.
La casa que nos encierra no es un hogar. Pero el espacio que construimos juntes —con amor, con política, con compasión, con presencia— sí lo es.
Participaron de esta nota
Colectivo Trans-Formación
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