Litzy Cordón Guardado es la tierra que se niega a aceptar el silencio como destino
Escrito por Ruda
A cinco años de su asesinato, Ruda conversó con la familia de la estudiante universitaria Litzy Cordón. Su memoria vive en ella, en la casa que planeó construir y en las flores y plantas que cada mañana cultivaba. Esta es su historia.
Por Liggia García
Litzy Amelia Cordón Guardado fue una joven tan amada que tenía dos hogares. Nació un 30 de mayo del año 2000 en Zacapa, y sus raíces están en el municipio de Teculután, donde reside su familia materna y paterna. Su casa paterna estaba en la aldea Vega del Cobán y la casa materna, en el caserío Barranca Seca.
En Vega del Cobán vivía junto a su abuela, doña Amada Quevedo de Cordón y su papá, don Edgar Cordón; en Barranca Seca compartía habitación con su tía Gladys Guardado y mantenía un vínculo muy cercano con su familia materna. En esa casa también creció su hermano menor por parte de mamá, quien quedó al cuidado de la familia cuando apenas tenía meses de nacido. Sus tías maternas la recuerdan y hablan de ella con profundo cariño.
Litzy fue criada por doña Amada desde los tres años, cuando su madre biológica Karla Guardado tuvo que migrar dada su limitada situación económica. A pesar de la necesidad y el sacrificio, nunca se desentendió de su hija. A la distancia mantuvo el vínculo y la acompañó de manera amorosa. Desde entonces, la abuela de Litzy se convirtió en guía, sostén y ejemplo de trabajo.

Litzy es cargada por su mamá, Karla Guardado. Foto: Liggia García
Doña Amada recuerda a su nieta como una niña hermosa, reservada y muy buena hija. Cuenta que desde pequeña tuvo un carácter dulce. Ambas se hacían compañía por las tardes cuando se sentaban a beber café y a conversar. La nieta es recordada por su dedicación y responsabilidad con sus estudios. La disciplina en sus tareas dejaba ver a la familia un compromiso con el aprendizaje. Litzy creció entre afecto, valores sólidos y el ejemplo del esfuerzo diario.

Litzy a la edad de cinco años. Foto: Liggia García
Estudió la preprimaria y primaria en el Colegio San José, cursó su carrera en el Colegio Verbo y más adelante, ingresó a estudiar Trabajo Social en la Universidad Rafael Landívar. Edgar Cordón se refiere a su hija como una persona profundamente humanitaria, sensible ante el dolor ajeno y solidaria, por eso eligió estudiar Trabajo Social: quería acompañar, servir y transformar vidas. También soñaba con formar su propia familia. Deseaba casarse y tuvo un novio al que había prometido llevar a casa para presentarlo formalmente a sus padres.
Todos los días salía de casa en su moto (pasola) a las seis de la mañana. Su rutina incluía el recorrido entre Barranca Seca y Vega del Cobán. Además de estudiar y trabajar, atendía una pequeña tienda familiar. En su trayecto hacía una parada especial en el terreno donde construía su casa, un espacio que representaba su independencia y proyecto de vida. Esa casa era un regalo de su abuela doña Amada de Cordón, un gesto de amor que buscaba asegurarle un futuro propio. Allí sembraba flores. Allí regaba sus plantas cada mañana.

Litzy vive en las plantas y flores que regaba cada mañana. Foto: Liggia García
El 5 de octubre de 2020, Litzy desapareció mientras realizaba ese mismo recorrido. Fue interceptada en este lugar y, con ello, se activó una nueva Alerta Isabel-Claudina.
Con lágrimas, su abuela recuerda la llamada que recibió horas después de aquel octubre. Una voz exigía cinco millones de quetzales para que la joven fuera liberada. Si no pagaban, dijo el hombre al otro lado de la línea, entregarían a su nieta “en pedacitos”. Esa amenaza quedó marcada en la historia de la familia para siempre. No solo fue el miedo, fue la impotencia de escuchar cómo la vida de la joven era reducida a una cifra imposible de pagar.
El 6 de octubre de ese mismo año, el cuerpo de Litzy fue encontrado sin vida en un sector de la aldea Los Puentes, en Teculután, Zacapa. La investigación confirmó que fue víctima de violencia extrema. La noticia estremeció a su familia y a la comunidad. Meses después fue capturado Kevin Rivas Cordón, primo de Litzy, como presunto autor del crimen. La confirmación de que el secuestro y asesinato provenían de alguien que compartía la misma sangre golpeó aún más a la familia.

Doña Amada Quevedo de Cordón, abuela paterna de Litzy, en la tienda que atendían juntas. Foto: Liggia García
En estos cinco años se han realizado seis audiencias para tratar de encontrar algo de justicia. El proceso legal ha enfrentado obstáculos y retrasos, pero continúa. Edgar Cordón decidió convertirse en querellante adhesivo y ha persistido en la búsqueda de justicia. Un día después de esta entrevista debía viajar a la ciudad de Guatemala para presentarse a una nueva audiencia. Su lucha no es solo por su hija, es también por la verdad y el cumplimiento de la ley, dijo.
La casa en la que Cordón Guardado esperaba vivir fue construida. Hoy, su padre se encarga de cuidar la propiedad y de regar las plantas que tanto amaba su hija. Es un acto silencioso de memoria: mantener vivo el sueño que ella comenzó a edificar. Doña Amada continúa atendiendo su pequeña tienda junto a su perrito Bruno. Entre ventas, recuerdos y silencios, sostiene la memoria de su nieta con dignidad.

Don Edgar Cordón cuida la casa que Litzy soñaba con construir. Foto: Liggia García
Litzy ha recibido varios homenajes en los centros educativos donde estudió. Su nombre sigue presente en su comunidad, donde es profundamente extrañada. Su prima Katy Guardado comparte que la ha soñado cantando un verso sobre la verdad y la justicia. En el sueño, la joven que fue secuestrada y hallada sin vida hace cinco años le decía que Dios tiene el control y que se hará justicia. Para la familia, ese mensaje se convierte en consuelo y fortaleza.
El jardín que Litzy regaba cada mañana ya no la ve llegar a las seis, pero su memoria florece en cada audiencia, en cada viaje a la capital, en cada planta que su padre riega, en cada homenaje, en cada rincón de Teculután. La tierra tiene memoria. Recuerda a quienes nacen de ella, a quienes la trabajan, a quienes siembran sueños sobre su superficie. Y aunque se regenera y vuelve a dar vida, no olvida cuando le arrancan una de sus flores. Esa memoria es también la de su familia y la de una comunidad que se niega a aceptar el silencio como destino.
Participaron de esta nota