Periodistas comunitarios organizan diálogos para abordar la memoria y prácticas ancestrales de La Montaña
Escrito por Prensa Comunitaria
La elaboración de un altar que es una práctica propia de algunas comunidades, hasta las luchas sociales para tener acceso al agua, así como la resistencia por mantener la memoria e identidad de La Montaña, formaron parte de las clínicas pedagógicas durante la presentación de la revista Alboroto del Colectivo Chiviricuarta y Prensa Comunitaria.
Por Prensa Comunitaria
“No hay una convocatoria formal pero la información circula rápido, puede tratarse de una novena, de un fallecimiento o de un rezado. A partir de ese momento, la comunidad se activa, las personas empiezan a llegar con lo que tienen, sillas, leña, café, flores, azúcar. No es necesario pedirlo, cada quien se incorpora desde lo que pueden aportar”, de esta forma es como se inicia con la elaboración de un altar en las comunidades de La Montaña, relata Daniel Lemus del Colectivo Chiviricuarta.
Este abordaje lo realiza en una de las clínicas pedagógicas que se implementaron durante la presentación de la revista Alboroto “Las Crónicas de la Montaña”, un proyecto del Colectivo Chiviricuarta y Prensa Comunitaria.
Las clínicas pedagógicas fueron espacios de diálogo y aprendizaje desde la experiencia situada. A partir de los contenidos de la revista, las trayectorias comunitarias, las prácticas organizativas y los procesos concretos en los territorios de La Montaña, se propició un acercamiento a las identidades del pueblo Xinka y mestizo. Estas identidades no aparecen como categorías separadas, sino como procesos históricos que se entrelazan, se tensionan y se resignifican, según se menciona en uno de los materiales pedagógicos entregados durante el espacio.

Una de las clínicas realizadas en el marco de la presentación de la revista Alboroto. Foto de Lucero Sapalú
Durante la presentación de la revista Alboroto, realizada el pasado 11 de abril en la Fundación María y Antonio Goubaud Carrera, en la zona 1 de la ciudad de Guatemala, convergieron conocimientos, relatos y experiencias de los territorios del nororiente del departamento de Guatemala, Jalapa y Santa Rosa. Estos fueron compartidos en las tres clínicas desarrolladas de forma paralela.
La voz de la montaña
En la clínica “La Montaña como territorio e identidad”, a cargo de Wellinton Osorio, se dialogó sobre la relación entre memoria, identidad y territorio. El espacio permitió reconocer cómo las identidades del pueblo Xinka y mestizo se expresan en las formas de nombrar, en las prácticas cotidianas y en las luchas por la defensa de la naturaleza.
Expectación García Pérez, también conocido como Tata Chonito, coordinador de la Comisión de Educación y Espiritualidad del Parlamento Xinka, llegó a la ciudad capital desde su comunidad de Jumaytepeque, en Nueva Santa Rosa. Durante dos clínicas compartió su experiencia sobre las luchas sociales en defensa de la naturaleza y las prácticas ancestrales que hacen única su cultura.

Expectación García Pérez, conocido como Tata Chonito, compartió con los participantes de las clínicas. Foto de Lucero Sapalú
Tata Chonito también habló sobre el despojo de las tierras de sus ancestros: “Con el tiempo se robaron las tierras. A nosotros, durante el gobierno de Estrada Cabrera, en 1915, nos robaron bastante; solo nos dejaron 126 caballerías de un total de 272”, relató.
Según explicó, durante la invasión española, cuando el pueblo Xinka compró de vuelta las tierras que le habían sido arrebatadas, la Corona española no permitió que quedaran directamente a nombre de la comunidad. La condición fue que el propietario formal fuera un santo; en el caso de Jumaytepeque, San Francisco de Asís. Con ello, la tierra seguía supeditada a una figura religiosa y no se reconocía plenamente a los indígenas como dueños, sino como condueños de tierras comunales.
“El concepto era que el indígena pobre no tocara la tierra, pero se les complicó, porque ahora con nosotros no pueden tocarla, nadie, ni el Estado. Ahora hacemos valer nuestro derecho de haber comprado la tierra en 1600, según nuestra historia”, agregó.
Durante esta clínica, Osorio también retomó la importancia histórica de las cofradías en el territorio. Explicó cómo los frailes dominicos contribuyeron a la configuración inicial de las haciendas, facilitando que finqueros se apropiaran de las tierras. En ese proceso, se quemaron cultivos de poblaciones asentadas en Palencia, San Antonio y San José del Golfo para instalar fincas de caña y trapiches. Posteriormente, en estos territorios existieron cofradías con fuerte presencia comunitaria y tenencia de tierras comunales, como la cofradía de las Ánimas Benditas, disuelta hace más de 90 años, la cofradía de Santo Tomás de Aquino y la cofradía de la Virgen del Rosario. Todas perdieron sus tierras comunales durante procesos de reforma agraria en los siglos XIX y XX.
El altar como espacio de memoria, arte y organización comunitaria
En la clínica “Arte, memoria y territorio”, facilitada por Daniel Lemus, las personas participantes elaboraron un altar con materiales, símbolos y objetos presentes en sus territorios. Este ejercicio permitió abordar cómo el arte aparece en momentos de articulación comunitaria, tanto en duelos y emergencias comunitarias como en celebraciones para los santos o resados en las casas. Se trata de un espacio de organización donde el arte ocupa un lugar central, junto con la espiritualidad.
Daniel Lemus explicó que el altar no responde a un diseño previo, pero sí a criterios comunes sobre cómo debe verse: “En el centro se ubica la imagen principal, puede ser la de un santo o la foto de la persona recordada”, afirmó.
También señaló que el altar es un espacio de encuentro donde se comparten historias, se recuerdan momentos y se habla de las personas desde distintos ángulos. “La memoria no es individual, se construye entre quienes están presentes. Los materiales provienen del entorno cercano: flores silvestres o que las familias tienen en sus casas, mesas, tecomates y otros elementos del territorio; cada elemento tiene un lugar dentro del conjunto”, indicó Lemus, mientras un grupo de personas de varias comunidades de La Montaña decoraba el altar.

Blanca Morales, dirigente comunitaria, durante la elaboración del altar. Foto de Lucero Sapalu
Las velas se colocaron en el centro, cuatro de diferentes colores sobre una base de barro. Su luz enmarcó el momento y ayudó a ordenar visualmente el altar. “El pino cubre el suelo, aporta textura y olor. También se colocan objetos personales que remiten a la persona recordada. Estos elementos hacen que cada altar sea distinto y esté ligado a una historia específica”, detalló Daniel Lemus.
Mientras conversaba con las personas participantes, Lemus fue contando una historia y explicando cómo se construye un altar. Sin embargo, el ejercicio no requería saber previamente cómo hacerlo. Las personas se dejaron llevar por los materiales, por la conversación y por la disposición colectiva del grupo. Así, el altar fue tomando forma poco a poco.
Tata Chonito también compartió su experiencia en la elaboración de altares. Explicó que pueden tener un sentido religioso, cultural o cosmogónico, en todos los casos representan un lugar de presencia, memoria y espiritualidad. Allí se recuerda a seres queridos o santos, se realizan rituales, se hacen peticiones y se elevan oraciones para conmemorar fechas especiales, como la llegada del invierno o del verano.
“Tenemos esa parte cultural. Existen altares religiosos, culturales y cosmogónicos; celebramos el verano, el invierno, celebramos el medio año. La diferencia es que un altar cosmogónico se realiza en los cerros, en un lago, en un lugar sagrado. Simboliza la parte fundamental de un pueblo, la forma como ve los elementos sagrados de vida”, detalló Tata Chonito.

Los altares forman parte de la vida cotidiana de las comunidades. Foto Lucero Sapalú
En la práctica, los altares forman parte de la vida cotidiana de las comunidades y convocan la participación de todas las personas, ya sea llevando algún material o colaborando en las tareas necesarias. Algunas mujeres se integran a la preparación de alimentos, mientras los hombres asumen labores como cortar leña o resolver lo que haga falta. Aunque no exista una organización escrita, hay formas compartidas de saber qué hacer y cómo sostener colectivamente estos momentos.
Gobernanza del agua en las periferias y organización comunitaria frente a la exclusión y el despojo
La clínica “Organización y gobernanza del agua” incluyó a personas de territorios que no necesariamente forman parte de lo que se conceptualiza como La Montaña. El espacio buscó articular experiencias del departamento de Guatemala, especialmente de sus periferias, donde las problemáticas vinculadas al acceso, control y defensa del agua toman caminos similares. También permitió señalar cómo muchas comunidades y formas de organización son invisibilizadas o excluidas de los procesos de diálogo y articulación que suelen surgir desde el centro de la ciudad.
A partir de este enfoque, participaron doña Victoria Aguilar, de la colonia El Renacimiento, en la zona 18 de la ciudad de Guatemala; doña Martina Camey, de las colonias Robles I y II, en San Juan Sacatepéquez; y don Edgar, de la colonia Santa Elena, en la aldea Azacualpilla, Palencia. Desde sus experiencias, compartieron las dificultades y retos que enfrentan en sus territorios para el cuidado y la defensa del agua.
Doña Victoria Aguilar habló sobre la problemática del acceso al agua potable en la zona 18 de la ciudad de Guatemala. Según explicó, la situación se ha agravado debido a la cantidad de licencias de construcción otorgadas por la Municipalidad de Guatemala.
“Los dueños de estas constructoras son grandes empresarios que están en la Municipalidad de Guatemala. No deben otorgar más licencias para perforar pozos. En la colonia Lavarreda nos quitaron un espacio recreativo, una cancha de basquetbol, y allí están perforando un pozo. Eso hace que no tengamos más agua, eso genera sequía”, puntualizó Aguilar.
Otra de las voces fue la de doña Martina Camey, quien denunció que, pese a los años de trabajo del Comité de Proyecto Único de Agua, la municipalidad de San Juan Sacatepéquez no les reconoce.
Doña Martina Camey explicó que el proyecto se conformó a principios del año 2000 gracias a la organización comunitaria. Desde entonces, han buscado resolver los problemas de acceso al agua potable en la comunidad.
“El problema es que el lotificador quiere manejar el proyecto de agua y también la municipalidad, que no nos ha reconocido ni nos ha dado el aval para hacer nuestros trámites. Ellos quieren la administración, pero no se quieren hacer cargo de la problemática. La falta de ese aval dificulta el manejo de nuestros fondos. También hemos tenido problemas con la Contraloría (General de Cuentas CGC), porque no hemos podido realizar la actualización de nuestros datos”, puntualizó Camey.
La participación de don Edgar, de la colonia Santa Elena, en la aldea Azacualpilla, Palencia, permitió sumar la experiencia de una comunidad de La Montaña. Según compartió, en su comunidad han enfrentado intentos de criminalización para quitarles el manejo y la administración de su pozo, ubicado en un punto estratégico a las afueras de la ciudad. También señaló que han recibido ataques por distintas vías, incluyendo represalias de la Municipalidad de Palencia y del centro de salud, mediante multas, presiones y procesos que buscan desgastar la organización comunitaria.
Estas experiencias muestran que la defensa del agua en las periferias del departamento de Guatemala no solo pasa por el acceso al servicio, sino también por el reconocimiento de las formas comunitarias de organización. Desde esas prácticas, las comunidades buscan cuidar el territorio, sostener sus procesos colectivos y disputar un lugar en los diálogos de los que muchas veces han sido excluidas.
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