Rosa Marina Escobar Foto: Eddy Zeta

Rosa Marina Escobar: “El cuidado no es vocación femenina, es la red que sostiene la vida”

Escrito por Joel Solano

"El trabajo doméstico no es un favor ni una ayuda, es trabajo". Bajo esta certeza, las organizaciones de mujeres y defensoras de derechos humanos exponen las deudas históricas que la sociedad y el Estado guatemalteco mantienen con miles de trabajadoras dedicadas a los cuidados remunerados y no remunerados. Desde el impacto del racismo estructural y la desprotección laboral hasta las dinámicas de violencia que se sufren en los ámbitos privado y público, la Asociación Mujeres en Solidaridad (AMES) traza una hoja de ruta centrada en la corresponsabilidad familiar, la sensibilización social y la urgencia de garantizar condiciones de vida dignas para las generaciones presentes y futuras.

Por Joel Solano

"El trabajo de cuidados sostiene la vida, no es una ayuda voluntaria", indica Rosa Marina Escobar. En Guatemala, miles de mujeres dedicadas a los cuidados remunerados y no remunerados enfrentan históricamente salarios de miseria, racismo y desprotección estatal. Frente a esta realidad, las defensoras de derechos humanos exigen visibilizar los cuidados como un pilar de la economía, impulsar la corresponsabilidad en el hogar y garantizar condiciones laborales dignas para todas.

28 años sembrando conciencia: la memoria y el liderazgo de AMES

El reconocimiento del trabajo de cuidados en el hogar exige un proceso continuo de sensibilización para transformar la visión tradicional de las tareas domésticas. Rosa Marina Escobar, lideresa y fundadora de la Asociación de Mujeres en Solidaridad (AMES), de la ciudad de Guatemala, destaca la importancia de avanzar hacia una responsabilidad compartida tanto en la pareja como en el entorno social. "Tengo un compañero jubilado y desde hace muchos años realizamos los trabajos del hogar de forma compartida; no ha sido algo de ahora, sino de siempre", señaló Escobar, quien enfatizó que visibilizar y valorar la labor de cuidados es una tarea colectiva que involucra a las familias y a toda la comunidad.

Con 28 años de trayectoria como fundadora e impulsora de la Asociación de Mujeres en Solidaridad (AMES), Rosa Marina Escobar reafirma su compromiso con el fortalecimiento del movimiento organizado de mujeres en Guatemala. Su labor se enfoca en la construcción de una sociedad más justa e igualitaria, donde las mujeres vivan libres de violencia, ejerzan plenamente sus derechos humanos, laborales y de ciudadanía, y ocupen espacios clave de participación política. Escobar señaló que transformar esta realidad implica visibilizar y garantizar desde el derecho a un trabajo remunerado digno hasta el reconocimiento del trabajo de cuidados no remunerado, abriendo oportunidades para que las mujeres desarrollen todo su potencial.

Inspirada en el legado de sus ancestros y en los valores transmitidos por sus padres sobre el respeto a los derechos humanos, Rosa Marina Escobar encuentra la fortaleza para superar las adversidades políticas y sociales de Guatemala. Esta memoria histórica y el trabajo colectivo con otras mujeres impulsan su convicción de que la transformación social es posible mediante la sensibilización. Escobar sostiene que el cambio real exige una lucha compartida entre hombres y mujeres que trascienda la participación política y se aplique en el hogar, en el empleo y en todas las relaciones humanas, permitiéndole abrir y conquistar cada vez más espacios de equidad y justicia.

Corresponsabilidad en casa: un compromiso compartido que se enseña en familia

La corresponsabilidad en el hogar exige sensibilizar a todo el núcleo familiar para romper con la carga exclusiva de las tareas domésticas sobre las mujeres. Así lo ilustró Rosa Marina con su propia cotidianidad: para asistir puntualmente a su compromiso, bastó con organizarse en equipo. 

"Salí temprano para participar en esta actividad (un taller de co-creación periodística entre periodistas de Ruda y Prensa Comunitaria, trabajadoras domésticas y defensoras de derechos humanos); lo único que logré hacer fue planchar mi ropa y esperar a que mi compañero de vida me viniera a dejar", relató Escobar, destacando que tareas como lavar, planchar y limpiar deben asumirse como un esfuerzo conjunto e integral dentro de la familia.

Rosita, como es llamada cariñosamente por sus compañeras, reflexiona sobre el trabajo de cuidados y la corresponsabilidad en el hogar. Foto: Eddy Zeta

En etapas anteriores de su vida familiar, la corresponsabilidad se traducía en una organización diaria donde cada integrante aportaba antes y después de salir de casa. La labor abarcaba desde dejar la casa limpia, barrida y trapeada, hasta colaborar en la preparación de los alimentos y servir la mesa. "Al regresar, los chicos ya debían haber lavado los trastes", recordó con afecto "Rosita", como la llaman cariñosamente sus compañeras, al ejemplificar cómo el trabajo doméstico compartido ha sido un pilar fundamental en la educación de su hogar.

A sus 66 años y tras 42 años de vida en pareja, Rosa Marina reflexionó sobre cómo la corresponsabilidad y el afecto transforman también las dinámicas con las nuevas generaciones. Rodeados de hijos, hijas y nietos con quienes comparten su cotidianidad, Escobar destacó un cambio fundamental en la forma de entender los vínculos familiares a esta edad: "Nuestros hijos han asumido no la lógica de estar al cuidado de nosotros como una carga, sino la de estar al pendiente de nosotros", señaló, enfatizando un modelo de acompañamiento familiar basado en el respeto y el cuidado mutuo.

Desmontar el patriarcado: el cuidado no es vocación femenina, es la red que sostiene la vida

La asignación histórica de los cuidados como una tarea exclusiva de las mujeres responde a un sistema patriarcal, colonialista y capitalista que reproduce estereotipos desde la infancia, relegando a las niñas a los juegos de cocina y eximiendo a los niños de los oficios del hogar. Para transformar esta realidad, Rosa Marina enfatizó en la necesidad de romper con estas dinámicas a través de la sensibilización sobre la corresponsabilidad familiar y, de forma urgente, de la exigencia al Estado guatemalteco como garante de estos derechos.

Ante la ausencia de centros de cuidado para las infancias en los centros de trabajo y la falta de espacios públicos con calidad y calidez para la atención de personas mayores, con enfermedades crónicas y personas con discapacidad, la carga recae nuevamente en las mujeres, una situación que los hijos terminan naturalizando y que, según Escobar, es imprescindible desaprender para construir relaciones de auténtica armonía e igualdad.

Escobar señala que la lucha feminista cuestiona al sistema patriarcal que oprime y sobrecarga a las mujeres. Foto: Eddy Zeta

Combinar el trabajo del hogar con su labor como trabajadora social y defensora de derechos ha permitido a Rosa Marina Escobar impulsar transformaciones políticas y sociales en Guatemala desde una perspectiva integral. Escobar subraya que la lucha por la igualdad y los derechos de las mujeres debe empezar en el seno del hogar, aplicando en la cotidianeidad la corresponsabilidad de los cuidados y la equidad entre hombres y mujeres. "No estamos peleando con los hombres, sino con el sistema capitalista, patriarcal y colonialista que ha oprimido a las mujeres", aclaró, haciendo un llamado a deconstruir las actitudes machistas desde la casa para construir relaciones de auténtica armonía y justicia social.

En última instancia, lo que el trabajo de cuidados sostiene es la vida misma, desde la atención a niños y enfermos hasta la protección del agua, las plantas, los ríos y la Madre Tierra, una preservación ambiental e integral que históricamente ha recaído sobre las mujeres. Rosa Marina Escobar enfatizó en la necesidad urgente de sensibilizar a toda la sociedad sobre esta "red de la vida" para lograr una convivencia armónica y compartida. Asimismo, insistió en la importancia de que todos los sectores reconozcan y valoren esta labor fundamental generalmente no remunerada, señalando que muchas mujeres se ven forzadas a migrar o salir de sus entornos, ya sea huyendo de la violencia o buscando un mejor futuro para sus familias.

La paradoja del trabajo doméstico: explotación, salarios de hambre y el mito de "ser parte de la familia"

El trabajo de cuidados, tanto remunerado como no remunerado, se ha invisibilizado históricamente al asumirse erróneamente como una vocación "natural" de las mujeres y no como una labor real. Rosa Marina Escobar denunció que esta división que relega a las mujeres al ámbito privado y reserva el público para los hombres perpetúa una profunda desigualdad. En el caso de las trabajadoras de casa particular, esta lógica se extiende cuando los empleadores no reconocen sus derechos laborales bajo el falso discurso de que "son parte de la familia", aunque en la práctica las excluyan. El trabajo doméstico no es un favor ni una ayuda, es trabajo; por lo tanto, debe ser reconocido, valorado y garantizado como un derecho laboral, afirmó Escobar.

Aunque ha disminuido la práctica de enviar a niñas a realizar trabajo doméstico no remunerado a cambio de vivienda o comida en el seno familiar, la precariedad laboral en comunidades marginales sigue condenando a las trabajadoras de casa particular a ingresos extremados e insuficientes. Escobar advierte que los salarios en el sector son sumamente bajos incluso desde los 100 quetzales semanales o pagos de 200 a 300 quetzales, siendo excepcional el cumplimiento del salario mínimo legal con prestaciones.

Rosa Marina visibiliza a más de 400 mil trabajadoras de casa particular que enfrentan precarización en Guatemala. Foto: Eddy Zeta

Esta crisis se agrava por la modalidad del trabajo por día, donde se exige en dos o tres jornadas la labor de toda una semana, y por la escasa fiscalización del Estado, que omite monitorear las condiciones laborales en los hogares. Sin centros de cuidado público para sus hijas, hijos o familiares con discapacidad, las trabajadoras quedan atrapadas en un círculo donde lo percibido apenas alcanza para la alimentación básica, imposibilitando su desarrollo formativo y personal.

Aunque datos del Ministerio de Trabajo registran a 466 mil mujeres en el trabajo de casa particular, organizaciones de mujeres advierten sobre un profundo subregistro que invisibiliza la realidad del sector, estimando que la cifra real podría alcanzar hasta un millón. Esta diferencia abarca a menores de edad no contabilizadas y a una gran masa de mujeres rurales e indígenas que, ante la pobreza extrema y la falta de oportunidades educativas en sus comunidades, migran internamente hacia la ciudad para emplearse en las labores menos remuneradas. Frente a este panorama, Escobar recalcó la urgencia de contar con estadísticas oficiales más amplias y certeras, así como de avanzar decididamente en el reconocimiento y la dignificación del trabajo doméstico, tanto remunerado como no remunerado.

Romper la cultura de la impunidad: amenazas, racismo y violencia institucional

Uno de los principales desafíos en el trabajo doméstico recae en enfrentar las violencias que se trasladan desde el hogar hasta el ámbito laboral, un fenómeno frecuentemente invisibilizado debido a la falta de denuncias. Rosa Marina Escobar señaló que esta vulnerabilidad está estrechamente ligada a la precariedad económica y a los bajos salarios, pero responde sobre todo a un sistema colonialista y racista arraigado en la sociedad. En este contexto, Escobar advierte que el verdadero reto consiste en desmontar esa mirada discriminatoria y racista que históricamente ha estigmatizado a las trabajadoras de casas particulares, abriendo paso a la exigencia de condiciones laborales dignas y libres de violencia.

La sobrecarga laboral que enfrentan las mujeres se ve agravada por una red interseccional de violencias que condiciona su cotidianidad tanto en el espacio público como en el privado. Desde la Asociación de Mujeres en Solidaridad (AMES), el trabajo directo con sobrevivientes evidencia agresiones que van desde la violencia física, psicológica y sexual en el hogar —a menudo naturalizadas o acompañadas de abandono— hasta el acoso callejero y la explotación laboral con salarios insuficientes para subsistir. A esto se suma el maltrato emocional que erosiona su autoestima y capacidad de decisión, así como las violencias económica, patrimonial y ciudadana que sufren de manera crítica las mujeres migrantes internas, a quienes en ocasiones se les retienen sus documentos en los hogares donde trabajan, privándolas de su identidad y derechos fundamentales.

 Rosa Marina Escobar exige que el Congreso ratifique el Convenio 189 de la OIT y apruebe la iniciativa 4981 para garantizar salarios justos e igualdad de derechos a las trabajadoras domésticas. Foto: Eddy Zeta

La violencia sexual representa una de las agresiones más severas contra el cuerpo y la dignidad de las mujeres, manifestándose en la calle, el hogar y el ámbito laboral. En el caso de las trabajadoras de casa particular, este abuso se vive frecuentemente en aislamiento y bajo la sombra de la culpa que impone el propio sistema. Sin embargo, Rosa Marina Escobar remarcó que "el cuerpo de las mujeres se respeta, se cuida y se valora", reconociendo que el principal obstáculo para denunciar tanto la violencia sexual como la económica es el miedo infundido por una cultura del silencio y la impunidad. Dado que muchas víctimas no acuden a las autoridades porque el Estado no garantiza una justicia imparcial ni con enfoque de género, Escobar urge a sensibilizar a los tomadores de decisión e inspectores laborales, al tiempo que reafirma el compromiso de las organizaciones para brindar acompañamiento legal, psicológico y formación en derechos a las trabajadoras del hogar.

Al intentar denunciar los abusos o violencias que sufren, muchas trabajadoras domésticas se enfrentan a la indiferencia de las autoridades o al rechazo sistemático de sus testimonios. A esta desprotección se suma la amenaza constante de despido por parte de empleadores en empresas y hogares particulares, una táctica de intimidación que busca mantener el silencio e impedir la exigencia de derechos. Ante este panorama, Escobar indicó que es indispensable impulsar procesos reales de formación y capacitación en todos los sectores laborales, dotando a las trabajadoras de las herramientas necesarias para conocer, defender y ejercer sus derechos de manera efectiva y segura.

A pesar de las promesas de cambio gubernamental, el temor político dentro de las propias organizaciones de derechos humanos y laborales sigue perpetuando la violencia institucional que enfrentan las mujeres. Escobar advierte que persiste una gran resistencia a denunciar las agresiones que sufren las trabajadoras, alimentada tanto por la inercia de las instituciones como por sectores de hombres que se oponen a que las mujeres alcancen nuevos espacios de desarrollo y autonomía. Para la activista, superar esta barrera implica visibilizar y combatir de frente la violencia institucional, garantizando que el discurso de derechos se traduzca en una protección real y efectiva para todas.

Exigencia política y alianza generacional: la urgente ratificación del Convenio 189

Aunque en Guatemala existen leyes generales que protegen el trabajo de las mujeres, Rosa Marina Escobar destacó que es indispensable contar con marcos específicos como el Convenio 189 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Para la defensora, la ratificación e implementación de este convenio representaría un avance político crucial para dignificar al sector de casa particular, pues no solo ampara sus derechos laborales, sino que respalda a las trabajadoras para alzar la voz y romper el silencio ante los abusos. Pese a las complejas condiciones económicas del país, Escobar insistió en que impulsar la denuncia y exigir el cumplimiento de estas normas es el camino para asegurar un reconocimiento real que beneficie a las trabajadoras actuales y a las futuras generaciones.

Las trabajadoras de casa particular alzan la voz para exigir el reconocimiento pleno de sus derechos laborales bajo la premisa "Soy trabajadora del hogar y tengo derechos". Para garantizar una vida digna, el sector demanda la ratificación del Convenio 189 de la OIT y la aprobación de la iniciativa de ley 4981 sobre el trabajo doméstico, instrumentos legales clave para asegurar salarios justos y una protección social efectiva. Con estas exigencias, las trabajadoras buscan superar la indiferencia histórica que rodea a su labor dentro de la sociedad, abriendo espacios de participación activa para ser valoradas como un pilar fundamental en la economía y el bienestar del país.

Aunque la defensa de los derechos humanos suele enfrentar momentos de frustración, Rosa Marina Escobar hizo hincapié en la importancia de reconocer los logros alcanzados. Avances como la discusión pública sobre la economía del cuidado y el reconocimiento del trabajo de casa particular no provienen de la concesión estatal, sino de la lucha histórica que precede a las mujeres. Para evitar retrocesos en las leyes conquistadas, Escobar destacó la necesidad de fortalecer una ciudadanía participativa y el papel estratégico de los medios de comunicación alternativos para informar sin los sesgos de la prensa corporativa. Finalmente, apeló a la juventud como un actor clave para transformar patrones culturales y asumir, desde las nuevas generaciones, una visión corresponsable del trabajo de cuidados y el respeto a los derechos laborales de las mujeres.

El horizonte del movimiento de mujeres apunta hacia la construcción de relaciones auténticamente igualitarias y el pleno respeto a sus derechos fundamentales, abarcando desde una vida libre de violencia hasta el derecho mutuo a cuidar y ser cuidadas. Rosa Marina Escobar dijo que un paso indispensable es que las propias mujeres reconozcan y defiendan el valor intrínseco de su labor, la cual sostiene el bienestar y el desarrollo económico del país. Transformar la sociedad, concluyó Escobar, exige un compromiso conjunto entre mujeres, hombres y la sociedad civil para sensibilizarse, unir esfuerzos e incidir activamente en la creación de leyes que garanticen un marco de derechos justo e igualitario para todas y todos.

Cero tolerancia a la violencia: un llamado urgente a defender la vida y la dignidad

En su mensaje final, Rosa Marina Escobar hizo un llamado directo a romper el silencio y alzar la voz contra toda forma de agresión: "No a la violencia, ni en la casa ni en el trabajo; tenemos derecho a decidir sobre nuestro cuerpo y a vivir una vida libre de violencias", aseguró, instando a denunciar la violencia sexual que históricamente se ha sufrido en el aislamiento. Asimismo, Escobar  señaló la necesidad de visibilizar la labor doméstica como un pilar imprescindible para el sostenimiento de la vida y el desarrollo económico del país, reafirmando que el reconocimiento de estos derechos es una deuda histórica que la sociedad y el Estado deben asumir.

Garantizar un futuro con justicia social en Guatemala exige reconocer que el trabajo de cuidados, lejos de ser una vocación impuesta o un favor silencioso, es el pilar fundamental que sostiene la economía y la vida misma. Superar la precariedad laboral, la discriminación y las violencias que enfrentan las trabajadoras del hogar requiere un compromiso activo del Estado, la erradicación de la impunidad y una transformación profunda en las dinámicas familiares hacia la corresponsabilidad. Solo mediante la unión entre organizaciones, medios de comunicación y las nuevas generaciones será posible ratificar deudas históricas como el Convenio 189 de la OIT y construir una sociedad donde cuidar, trabajar y denunciar se ejerza desde la dignidad, la libertad y el pleno respeto a los derechos humanos.

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