Samanda Maldonado: “El trabajo doméstico es trabajo. Merece ser reconocido, cuidado y bien pagado”
Escrito por Jorge Fernández
Samanda Maldonado es una joven activista de la Asociación Mujeres en Solidaridad (AMES). Acompaña a trabajadoras domésticas que enfrentan múltiples violencias en sus lugares de trabajo y en entrevista con Ruda compartió su historia y su perspectiva sobre el trabajo de los cuidados.
Por Jorge Fernández
La mañana empieza antes de salir de casa
Antes de llegar a la oficina, Samanda Maldonado ya lleva horas trabajando. Despertó y preparó a su hija, dejó la comida lista, organizó lo que la niña necesita para estudiar y resolvió un par de pendientes de la casa, todo antes de sentarse frente a la computadora para empezar su jornada formal en AMES, la Asociación de Mujeres en Solidaridad, donde hoy dedica su trabajo técnico a acompañar a trabajadoras domésticas y de casa particular. Nadie le paga por esas primeras horas del día, aunque sostienen absolutamente todo lo demás, la alimentación de su hija, el cuidado de su mamá, una mujer mayor; sin mencionar que muchas veces es el sostén emocional de sus compañeras de trabajo, que llegan a ella buscando un lugar seguro.
Sami, como la llaman cariñosamente quienes la conocen, reconoce de una forma muy honesta que el cuidado casi siempre se prioriza para las demás personas y nunca para ella misma, y que como esa mañana de julio cuando esta entrevista fue realizada, atravesaba algunos quebrantos de salud que quedan en segundo plano porque la obligación, dijo, siempre parece más grande. Esa frase resume buena parte de lo que ha sido su vida, una sucesión de cuidados asumidos desde muy joven, mucho antes de que alguien pudiera cuidar de ella.
Cuidar desde los catorce años

Samanda plasmó su historia a través de un dibujo.
Foto: Eddy Zeta
Samanda fue madre a los catorce años. Con el apoyo de su mamá logró criar a su hija, que hoy tiene diez, aunque el camino no ha sido sencillo. Ese acontecimiento la marcó y la empujó a distintas desigualdades, entre ellas tener que estudiar los fines de semana, primero, y después entre semana, cuando los costos de seguir así se volvieron demasiado altos. Antes de ir a clases estaban las tareas de la casa, el cuidado de su hija, los pendientes de aportar en todo lo que hiciera falta, una rutina que se repitió durante buena parte del diversificado, cuando la niña también tenía que ir a la escuela y ella debía llevarla y volver a tiempo para cumplir con sus responsabilidades.
Entró al mundo del activismo siendo apenas una adolescente, a través de un voluntariado que marcó el resto de su camino. Ahí conoció la colectividad organizada, recibió apoyo para continuar con sus estudios y empezó, casi sin proponérselo, a ejercer el cuidado emocional de otras personas. Desde entonces, no ha dejado de cuestionar la manera en que se reparten las tareas de cuidado en la sociedad, algo que, reconoció, suele generar conflicto cuando una mujer empieza a exigir justicia sobre las tareas que históricamente se asumieron como obligación natural.
Cuando se mudó con su mamá a la casa de su abuelo la carga volvió a crecer, porque también el cuidado pasó a ser su responsabilidad sin que nadie se lo pidiera formalmente, simplemente porque alguien tenía que hacerlo. En paralelo empezó un servicio cívico y un voluntariado enfocado en dar seguimiento a casos de violencia, un espacio donde terminó de desarrollar las habilidades que hoy pone al servicio de otras mujeres, algo que según dijo, la llena espiritualmente y que la ha llevado a sumarse a nuevos proyectos, entre ellos uno de incidencia con mujeres jóvenes.
Una historia que se repite en la vida de otras mujeres

Samanda dibuja el tatuaje que lleva en su hombro.
Foto: Eddy Zeta
Para Samanda, gran parte del sentido de su trabajo está en reconocer su propia historia en la de muchas de las mujeres que acompaña. Con su mamá, admitió, no ha sido fácil transformar ciertas ideas arraigadas, sobre todo la creencia de que el cuidado es una responsabilidad que corresponde naturalmente a las mujeres. Ella se niega a repetir ese modelo, no quiere convertirse en ama de casa porque considera que ese rol limita las metas de las mujeres, aunque respeta profundamente que su mamá disfrute ejercer ese papel, y le agradece, sin ninguna contradicción, pues es por sus cuidados que ella ha podido llegar hasta donde está.
Lo más difícil de su trabajo, contó, ha sido notar cómo la lucha de otras mujeres termina impactando también su propia vida, porque construir estas ideas puede generar roces con la familia, y hacer incidencia hacia afuera casi siempre implica incidir primero puertas adentro.
Hay un caso que la marcó profundamente, el de una mujer acompañada por la organización AMES. Ella soñaba con ser enfermera, se esforzó para lograrlo, se graduó, y poco después fue asesinada. No ha sido la única, otras compañeras con quienes ha trabajado también han sido asesinadas, una muestra de cómo la violencia atraviesa la vida de las mujeres, según sus interseccionalidades particulares.
Parte de ese trabajo de incidencia lo hace a través del teatro, con una obra llamada "Cuidándonos en tiempos desiguales", que cuestiona quién termina reconociendo, y quién no, el trabajo de cuidar. AMES la presenta en institutos y escuelas, y Samanda describe lo fuerte que resulta ver cómo, incluso entre jóvenes, sigue viva la idea de que cuidar es una obligación exclusivamente femenina, una doble jornada que muchas mujeres cargan sin que nadie se lo cuestione.

Samanda actúa con otras juventudes en la obra teatral “Cuidando en tiempos desiguales”.
Foto: Angie Ross
El cuidado como derecho, no como destino
Para Samanda, el Estado guatemalteco tiene una deuda concreta: garantizar guarderías y centros de cuidado que permitan a las mujeres salir a trabajar sin que eso signifique abandonar a quienes dependen de ellas. Recordó que hace apenas un año se reconoció el cuidado como un derecho humano autónomo, esto en agosto de 2025, mediante la Opinión Consultiva OC-31/25 de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, lo que implica garantizar cuidados también para la niñez, las personas adultas mayores y la población en situación de calle, aunque en la práctica, indicó, las mujeres que cuidan casi no pueden salir de casa, y cuando lo hacen, son cuestionadas por dejar esa responsabilidad de lado.
Ese es precisamente el terreno donde se sitúa el trabajo que hoy realiza junto a las trabajadoras del hogar, domésticas y de casa particular en Guatemala, un sector histórico que representa la desigualdad de los cuidados, contenido casi en su totalidad por mujeres. En los últimos meses, ese trabajo de incidencia sostenido durante años empezó a rendir frutos institucionales, con la firma de un convenio de cooperación entre la Secretaría Presidencial de la Mujer, el Ministerio de Trabajo y el Ministerio de Desarrollo Social, y el compromiso público de legisladores para avanzar hacia la ratificación del Convenio 189 de la OIT, la norma internacional que busca proteger a las casi 400 mil mujeres que ejercen el trabajo doméstico en el país.
El país que no ve a quienes lo cuidan

El mensaje que Samanda dibujó, dedicado a las mujeres que luchan. Por Eddy Zeta
Detrás de este avance institucional hay una realidad que sigue siendo dura. En Guatemala existen 400 mil trabajadoras remuneradas del hogar, y representan una de cada tres mujeres empleadas en el país. A pesar de que su trabajo sostiene silenciosamente la economía de miles de hogares, el Código Laboral guatemalteco todavía no les reconoce límites de jornada, lo que en la práctica habilita turnos que pueden extenderse hasta catorce horas diarias, seis días y medio a la semana.
Sus salarios, establecidos de forma discrecional por las y los empleadores, rondan apenas un tercio del mínimo legal, y la ausencia de regulación específica abre la puerta a abusos que van desde el pago en especie hasta la falta de aguinaldo, indemnización o acceso a la seguridad social. Un programa estatal creado en 2009 para atenderlas, el Precapi, del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social, apenas cubre a un puñado de trabajadoras del departamento de Guatemala y solo para accidentes laborales y licencia por maternidad, no para enfermedad común.
Lo que viene para Guatemala y para Sami
Guatemala es, junto a Honduras y El Salvador, uno de los tres países de América Latina que todavía no ratifica el Convenio 189. El camino recorrido en los últimos meses, con una mesa multisectorial instalada y legisladores del Congreso de la República comprometidos en público, abre, sin embargo, una grieta en un edificio de invisibilización que llevaba décadas construyéndose, y en ese proceso Samanda encuentra sentido a buena parte de su trabajo diario.
Samanda se define como una orgullosa mujer feminista y lesbiana, identidad que también le ha costado enfrentar el acoso en línea, comentarios e insultos que recibe cada vez que comparte contenido en sus redes, incluso por algo tan sencillo como mostrar una bandera del orgullo. Aun así sostiene un mensaje que repite con convicción cada vez que puede: el trabajo doméstico es trabajo, y como tal merece ser reconocido, cuidado y bien pagado.
Muchas de las mujeres con quienes trabaja han enfrentado violencia sexual, explotación, violencia verbal, racismo y clasismo dentro de las casas donde son contratadas, sin que nadie les respete lo más básico. Cambiar eso, dijo Samanda, empieza por nombrar el cuidado como lo que realmente es, un trabajo, y no un destino que las mujeres deben cargar solas y en silencio.

Samanda Maldonado.
Foto: Eddy Zeta
Participaron de esta nota
Glenda Alvarez
Floridalma Contreras Vásquez comenzó a participar en el movimiento sindical a sus 18 años. Sobrevivió a la persecución durante la guerra en Guatemala y enfrentó la desaparición forzada de su compañero y padre de sus hijos. Actualmente, desde el Sindicato de Trabajadoras Domésticas, Similares y a Cuenta Propia (Sitradmosa), continúa formando y acompañando a trabajadoras domésticas y de cuidados en Guatemala.
Joel Solano
"El trabajo doméstico no es un favor ni una ayuda, es trabajo". Bajo esta certeza, las organizaciones de mujeres y defensoras de derechos humanos exponen las deudas históricas que la sociedad y el Estado guatemalteco mantienen con miles de trabajadoras dedicadas a los cuidados remunerados y no remunerados. Desde el impacto del racismo estructural y la desprotección laboral hasta las dinámicas de violencia que se sufren en los ámbitos privado y público, la Asociación Mujeres en Solidaridad (AMES) traza una hoja de ruta centrada en la corresponsabilidad familiar, la sensibilización social y la urgencia de garantizar condiciones de vida dignas para las generaciones presentes y futuras.
Angie Ross
En Guatemala, cientos de labores que sostienen la vida ocurren todos los días y muchas veces permanecen invisibles. Cocinar, limpiar, cuidar a niñas y niños, acompañar a personas adultas mayores o con algún tipo de discapacidad, trabajar la tierra o sostener el hogar también son trabajos que requieren tiempo, esfuerzo y conocimiento. Ante este panorama, las trabajadoras domésticas y de los cuidados organizadas en Ames y Sitradomsa impulsan jornadas informativas sobre derechos laborales, sexuales y reproductivos para despertar la conciencia de otras trabajadoras domésticas.