Ante la violencia estructural y cotidiana contra las mujeres, muchas se enfrentan a una pregunta fundamental: ¿qué hacer? Las miradas sobre la prevención, atención, sanción y erradicación de la violencia machista tienen distintos enfoques para conformar rutas integrales que prioricen la vida, salud emocional y física de las mujeres sobrevivientes de violencia. A pesar la existencia de instrumentos legales y rutas establecidas en los tratados internacionales ratificados por Guatemala, como la CEDAW y Belém do Para, y las sentencias de la Corte Interamericana de Derechos Humanos –CIDH- las instituciones estatales siguen careciendo de medios y voluntad política para atender esta urgencia que solo en 2020 cobró la vida de 455 mujeres, con un promedio de 209 denuncias diarias de violencia contra las mujeres.
¡Muchas gracias! Solidaridad comunitaria con quienes son criminalizadxs
Desde la toma de posesión de Alejandro Giammattei las mujeres han manifestado su rechazo hacia las proyecciones de represión y control social que se interpretaba en el primer discurso del nuevo presidente, que resaltaba “la certeza jurídica, la protección de la inversión y la promoción del empleo” como las banderas del nuevo gobierno junto con la iniciativa de ley que catalogaba como terrorismo a las pandillas.
Por: Consejo del Pueblo Maya
Sindy Laureana, Nora, Gricelda Maryli, Luz María son últimos nombres de las mujeres que nos duelen. El Observatorio de las mujeres del Ministerio Público registra en su portal 23 femicidios y muertes violentas, pero hasta hoy se han conocido públicamente 29 en todo el país. Por día en Guatemala desaparecen cuatro mujeres.
Alaíde Foppa fue una poeta, crítica de arte, productora de radio, académica y pionera del feminismo en Guatemala y Latinoamérica, una mujer que se atrevió a su manera, a romper con el modelo hegemónico de su familia de clase alta, alguien que con su sensibilidad, convicción y cuestionamientos, logró promover los derechos de las mujeres a través del arte, la escritura y las ciencias sociales. Hija del periodista liberal argentino-italiano, Tito Livio Foppa y Doña Julia Falla, guatemalteca terrateniente y pianista, que venía de una familia que residía en Barcelona cuando ella nació. Alaíde creció y se estudió en Europa, allí cultivo su intelecto y desarrollo su gusto por las artes y la literatura, fue en España donde publicó su primer libro “Poesías”. A mediados de la década de los 40 cuando Alaíde tuvo interés en ir a Guatemala, fue allí cuando se topó con el movimiento para democratizar Guatemala después que se había vivido la dictadura de Jorge Ubico durante 14 años, fue la primera vez que ella percibió la realidad que se vivía en el país y decidió involucrarse. Guisela López en la película «Alaíde Foppa, La Sin Ventura», cuenta que la vida de Alaíde está tejidita con la historia de Guatemala.
Por: Andrea Rodríguez
Por: Roxana Coronado,Claudia Salguero
El juicio por el caso de la Zona Militar #21 “Comando Regional de Entrenamiento de Operaciones de Mantenimiento de la Paz” (CREOMPAZ) se considera el mayor suceso de desaparición forzada en toda América Latina. Sin embargo, este no fue el único delito por el que se le acusa al ejército de Guatemala: mujeres q’echi’, poqomchí y achí, incluidas niñas en el momento de los hechos, denunciaron la violencia sexual vivida en esta zona. Hoy, La Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos de Guatemala (FAMDEGUA), la Comunidad Plan de Sánchez y la Asociación de Vecinos de Chicoyogüito buscan que sus historias no queden impunes, al ser omitidas por jueza de Mayor Riesgo “A” Claudette Domínguez cuando inició el juicio por el Caso CREOMPAZ.
“Vamos a hacer algo, y lo vamos hacer bien”, le asegura Claudia a su amiga María, protagonistas de la historia contada en Pólvora en el Corazón, el largometraje de Camila Urrutia con el que se inauguró el pasado 5 de diciembre, el XXIII Festival Internacional de Cine ÍCARO en Ciudad de Gutemala. Como tantas mujeres enfrentadas a la violencia, la pregunta sobre qué hacer al respecto es de las más difíciles de responder.
Por Ma. Magdalena López Rocha
Vía: El Espectador
No olvido a quién violo lo que una vez fue mi cuerpo pequeño, perdono porque mi cuerpo y mi vida es más que una violación sexual.
El año 2020 estuvo marcado por distintas crisis sanitarias y ambientales que en sus efectos también agravaron la situación de las mujeres defensoras y criminalizadas. De acuerdo con el informe de We Effect Luchas de alto riesgo: las mujeres en primera línea en la defensa de la tierra y el territorio, a nivel latinoamericano los asesinatos hacia activistas y personas defensoras del territorio aumentaron durante la pandemia por COVID-19. Asimismo, las mujeres defensoras que atraviesan procesos de criminalización sufrieron el atraso en sus audiencias y en el esclarecimiento de su situación. Digna Dalila Mérida, pobladora de El Pital, Coatepeque, en Quetzaltenango, es una de ellas.
“Iban por los jóvenes”, dijo Roxana Coronado cuando narró la detención de su hijo, Pablo Puente, durante las jornadas de protesta del 21 de noviembre. Este objetivo gubernamental de criminalizar a las juventudes no terminó con la represión vivida en Huehuetenango, Quetzaltenango y la Ciudad de Guatemala el #21N; considerando que el ministro de gobernación responsable, Gendri Reyes, continúa en su cargo a pesar de las exigencias de su renuncia o destitución.
Digo tal cual: todas las mujeres hemos estado expuestas a la violencia de género y, yendo más allá, a violencias interseccionales que evidencian las violencias particulares atravesadas que van conformando nuestras maneras particulares de afrontar la vida. En nuestros cuerpos se encuentran las vivencias, los aprendizajes, las consecuencias y las heridas. Algunas, desde las búsquedas, los recursos personales, las propuestas comunitarias y en ocasiones también desde el privilegio, atravesamos procesos de sanación en los que visualizamos la posibilidad de reconstruir la vida a partir del cuidado, la escucha propia, la autoconciencia y la búsqueda de erotizar la vida cotidiana como apuesta política frente a los golpes constantes de nuestras sociedades patriarcales que impregnan a esta existencia en una nube gris densa que nos imposibilita la risa, la calma, la expresión, el descanso, la armonía y la plenitud.
En Chile, como en toda Abya Yala, la violencia sexual sigue siendo una forma de violencia masiva y sistemáticamente perpetrada en el ámbito público como en el privado e íntimo, con complicidad del entramado cultural patriarcal, basado en la misoginia, el abuso, la explotación y el dominio como paradigma. Es siempre política, porque corresponde a un mecanismo de control y continuidad de la cultura de supremacía masculinista.
Por: Joseline Velásquez Morales