Virginia Wolf tenía razón

Escrito por Emma López

Desde hace alrededor de dos años, mi colega y amiga Ana Lucía Ramazzini y yo compartimos este espacio de expresión. Un mes ella, un mes yo, nos turnamos para escribir e hilar nuestras ideas en torno a un tema de nuestro interés. Algunas veces barajamos temas y en otros momentos hemos ido a lo más intuitivo y presente en nuestras vidas; claro, siempre con el acompañamiento del equipo editorial quienes con apertura y respeto han permanecido con las “hojas abiertas” para nosotras. 

Por Emma Aracely López Penados

Sin embargo, en los últimos meses ha sido especialmente retador para mí sentarme y escribir. De hecho, no lo he logrado. Diciembre me atropelló y en enero apenas estaba calentando motores nuevamente.

Y es que no es solamente la carga laboral, que no es poca, también es carga mental de intentar malabarear las distintas dimensiones de vida: maternar a un bebé de diez meses que en medio de su belleza también incrementa su demanda de presencia;  estar mínimamente atenta de la vida de las amigas -las que quedan en medio de la maternidad-; gestionar el hogar compartido,  encontrar momentos de pareja e intentar no perder todo rastro de individualidad, al mismo tiempo que me re-conozco y navego en la construcción de esta “nueva identidad”. 

En 1929, es decir hace casi 100 años, Virginia Woolf se había dado cuenta de esto. Que la falta de oportunidades para sentarnos a escribir no le pasaba a una ni a dos, sino a “las mujeres”.  No es nuevo, pero persiste vigente.   Es que la “habitación propia” es un símbolo, una metáfora del escaso espacio físico y temporal que tenemos para poner en palabras nuestras ideas y sensaciones; además, en medio del cansancio y resentimiento que suele estar presente, también ya identificaba que nos sería más difícil conectar con nuestra creatividad y probablemente, dificultaría salir del espiral de pensamiento en el que esto puede derivar.

Virginia también hablaba de la importancia de la autonomía económica, aunque no le llamó de esta manera, pero la relevancia de contar con ingresos como parte de dignificar los propios espacios, además de permitir estirar los márgenes de creatividad sin la pena de saldar las necesidades básicas.

Yo leí ese libro hace años, mucho antes de optar por la maternidad. Pero no es lo mismo leerlo que vivirlo, y tampoco pretendo hacer de este un manifiesto pesimista, porque también sé que en medio de mis privilegios  conectar con mi creatividad puede parecer un no-problema. En medio de la rutina, de la resolución de otras dificultades y de encontrar el ritmo en el sistema, escribir puede permanecer en el último de los cajones de prioridades. 

No es un problema, pero no estoy dispuesta a renunciar a ello. Porque escribir, incluso si nadie me lee, es la oportunidad de darle volumen a la voz interna; es un ejercicio de ordenar ideas y expresar algo del mundo que me habita y hacer de mis pensamientos una memoria viva; es una forma de agradecer a las mujeres que me antecedieron por pelear para dejar el anonimato y poder leernos entre nosotras. Es, aunque me lea solamente una más, una forma de hacer complicidad y resonar con otra que pueda sentirse como yo, y entonces cumplí mi cometido. Virginia Woolf tenía razón.

Es así que pretendo escribir en un diario, en un cuaderno, en notas del teléfono, en hojas, escribir... En un estudio, en el dormitorio, en el jardín, en una sala de espera. Escribir. 

Escribir algo más que informes, algo más que correos con saludos cordiales, algo más que whatsapp gestionando la vida y el trabajo a distancia.

Ana Lucía dice que todo encontrará su ritmo, aunque en este momento sienta que todo me requiere mucho tiempo,  yo le creo. Mientras tanto paciencia en este febrero que sigue siendo amoroso, y lo demás vendrá. 

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Emma López

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