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El cuidado no es amor romántico: es política, trabajo y un derecho humano

Escrito por Angie Ross

Cuidar es sostener la vida, pero también puede significar agotamiento, sobrecarga y silencio. En un país donde el trabajo doméstico y comunitario recae mayoritariamente en las mujeres, hablar de cuidados es hablar de desigualdad. Este 18 de febrero, organizaciones y colectivas se reunieron para analizar cómo el autocuidado puede convertirse en una práctica política dentro de los movimientos de mujeres en Guatemala.

Por Angie Ross

Las cifras expuestas durante la Escuela de Liderazgo “Hablemos de cuidados y desigualdades”, impulsada por el Sindicato  de Trabajadoras Independientes de Trabajo Doméstico, Similares y a Cuenta Propia (Sitradomsa) y la Asociación Mujeres en Solidaridad (AMES), muestran una brecha clara: las mujeres destinan más del triple de su tiempo diario a tareas domésticas y cuidados no remunerados en comparación con los hombres.

Mientras ellas dedican casi cinco horas al día a estas actividades, los hombres invierten poco más de dos horas y media. En términos prácticos, las mujeres asumen más de dos horas adicionales cada día en trabajo no remunerado.

Casi la totalidad de las mujeres —un 98%— realiza este tipo de labores en un día típico, lo cual confirma que el cuidado sigue siendo una responsabilidad profundamente feminizada.

En ese contexto de desigualdad estructural, las voces del taller coincidieron en que el problema no es únicamente la carga de trabajo, sino el sistema patriarcal que la sostiene.

“No podemos con todo”: el desgaste dentro de las colectivas

Malfy López Alvarez, psicóloga y consultora del proyecto Hablemos de cuidados y desigualdades, explicó que las colectivas trabajan constantemente acompañando conflictos, gestionando crisis y atendiendo problemáticas humanas complejas. Sin embargo, pocas veces se detienen a revisar cómo están ellas mismas.

“El sobreesfuerzo es constante. Aparece el síndrome de burnout (estado de agotamiento físico, emocional y mental crónico provocado por el estrés laboral crónico), la frustración por no alcanzar cambios inmediatos y hasta el olvido del propio proyecto de vida por sostener el proyecto colectivo”, señaló.

Para López, uno de los efectos más silenciosos del patriarcado es la autoexigencia: la idea de que las mujeres pueden y deben poder con todo.

La psicóloga Malfy López guía la dinámica “¿Quién soy yo y qué cuido?”, durante el taller de autocuidado y desigualdades. Foto: Angie Ross

“Existe esa teoría de que somos multitasking (multitarea), que como mujeres empoderadas podemos asumir todos los roles. Pero eso no es cierto. Todas las personas tenemos límites. Decir ‘no’ también es una forma de cuidado”, afirmó.

Desde su perspectiva, el autocuidado no es individualismo, sino una estrategia política que permite sostener los procesos sin colapsar. Implica establecer límites, construir políticas internas y tener expectativas realistas dentro de las organizaciones.

Romper la romantización del cuidado

Esa reflexión fue reforzada por Noemí Martínez, facilitadora comunitaria de la Asociación Mujeres en Solidaridad (AMES), quien profundizó en cómo el patriarcado ha moldeado históricamente los roles de género alrededor del cuidado.

“Se romantiza el trabajo que hacemos. Nos dicen que lo hacemos por amor y que si nos negamos es porque no amamos”, expresó.

Martínez explicó que esa narrativa ha invisibilizado el trabajo no remunerado y ha hecho que ,incluso, las propias mujeres no valoren el esfuerzo que realizan en el hogar y en los espacios organizativos.

El patriarcado —señaló— no solo asigna a las mujeres la responsabilidad del cuidado, sino que también les impone la culpa cuando intentan delegarlo. Por ello, insistió en la importancia de redistribuir tareas tanto en el hogar como dentro de las colectivas.

“A veces creemos que nos salen mejor las cosas y las hacemos nosotras, pero es importante enseñar y delegar. El cuidado debe ser compartido”, afirmó.

Por su parte, Yolanda Flores, secretaria general del Sindicato de Trabajadoras Domésticas, Similares y a Cuenta Propia (Sitradomsa), llevó el análisis a la experiencia concreta de las trabajadoras organizadas. “Por andar en el movimiento, jalando compañeras para que aprendan sus derechos, nos descuidamos nosotras mismas. No comemos a tiempo, sufrimos de gastritis o estrés”, relató.

En la actividad, las mujeres pasaban un dado con frases como “cuida a mi familia” o “sostén mi colectiva”, evidenciando cómo muchas veces una sola persona termina asumiendo múltiples responsabilidades. Foto: Angie Ross

Flores también señaló que el miedo sigue siendo un factor determinante. Muchas mujeres temen organizarse por posibles represalias laborales o sociales. A esto se suma el control que aún ejercen las parejas bajo lógicas patriarcales.

“Muchas dicen que no pueden participar si su pareja no les da permiso”, compartió.

En ese sentido, el patriarcado no solo impone el cuidado como obligación femenina, sino que limita la autonomía de las mujeres sobre su tiempo, su cuerpo y su participación política.

El cuerpo también habla

Más allá de las cifras y los diagnósticos, la jornada también fue un espacio vivencial. López guió una serie de dinámicas que llevaron la reflexión al cuerpo y a la experiencia cotidiana de las participantes.

Una de las actividades invitó a las mujeres a “dimensionarse” físicamente: reconocer su espacio, su postura y su respiración. En silencio, observaron cómo cargan el cuerpo cuando sostienen responsabilidades que no siempre les corresponden. El ejercicio no era solo simbólico, sino una forma de hacer visible lo invisible.

Las mujeres elaboraron un “reloj del autocuidado” para reflexionar sobre cuánto tiempo real dedican a sí mismas en medio de sus múltiples responsabilidades. Foto: Angie Ross

Luego construyeron una red colectiva. Cada una compartió quién es más allá de sus roles: no solo madre, lideresa o trabajadora, sino mujer con historia propia. En esa red también nombraron todo lo que cuidan: hijas e hijos, compañeras de organización, familias, comunidades, procesos políticos e incluso emociones ajenas.

El listado parecía no terminar.

Otra dinámica fue aún más reveladora. De pie, formaron una línea. Ante cada afirmación —“Cuido a mis hijas e hijos”, “Acompaño procesos comunitarios”, “Resuelvo problemas familiares”, “Sostengo conflictos dentro de mi colectiva”— daban un paso hacia adelante.

Paso tras paso, el grupo avanzó casi por completo.

Paso a paso, la dinámica visibilizó la sobrecarga: casi todas avanzaron al reconocerse como responsables del cuidado en sus hogares y comunidades. Foto: Angie Ross

La imagen reflejaba que la mayoría cargaba múltiples responsabilidades simultáneamente. No solo las que les corresponden, sino también aquellas que el entorno les ha impuesto bajo la idea de que las mujeres “pueden con todo”.

Las reflexiones que surgieron fueron claras: muchas veces se asumen problemas ajenos como propios; se absorben conflictos familiares, laborales y organizativos hasta el punto del agotamiento. El cuidado se convierte en sobrecarga.

En ese punto, la conversación giró hacia la necesidad de soltar, delegar y redistribuir. Reconocer que otras personas también son capaces de cuidar, organizar y sostener.

Soltar también es una forma de resistencia

Las reflexiones del taller coincidieron en que desmontar estas estructuras implica transformar la cultura organizativa y social. Significa enseñar a las nuevas generaciones que el cuidado no es una tarea femenina, sino una responsabilidad colectiva.

Hablar de autocuidado, concluyeron, es hablar de dignidad, de límites y de justicia. Porque sin cuidados no hay movimiento que se sostenga, pero sin redistribución del cuidado tampoco hay igualdad posible.

Entre risas y reflexiones, las mujeres compartieron experiencias sobre el cuidado y la necesidad de redistribuir responsabilidades. Foto: Angie Ross

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