La desigualdad, una estructura que atraviesa los cuerpos y derechos de las trabajadoras del hogar
Escrito por Angie Ross
Cuando se habla de interseccionalidad y desigualdad, la pregunta es inevitable: ¿qué estructuras sostienen esas opresiones? Este 22 de febrero, en el segundo taller del diplomado “Derechos Humanos y Laborales”, mujeres organizadas en el Sindicato de Trabajadoras Independientes de Trabajo Doméstico, Similares y a Cuenta Propia (Sitradomsa) reflexionaron sobre cómo los derechos humanos y laborales se ven atravesados por el género, la división sexual del trabajo y sistemas como el patriarcado y el capitalismo. También analizaron cómo el trabajo de cuidados —dentro y fuera del ámbito laboral— continúa recayendo desproporcionadamente en las mujeres, impactando su salud, su autonomía y el ejercicio pleno de sus derechos laborales.
Por Angie Ross
La jornada estuvo dirigida por Esmeralda Alfaro, consultora de Sitradomsa, quien explicó que el segundo taller se centró en analizar la interseccionalidad y las desigualdades que atraviesan los cuerpos de las mujeres, particularmente desde las opresiones impuestas por el patriarcado.
Según detalló, estas desigualdades no son abstractas, sino que se manifiestan en cambios forzados en la identidad y en la forma en que las mujeres se relacionan con su entorno laboral y social. “Cuando hablamos de desigualdades que atraviesan el cuerpo, nos referimos a cómo muchas veces nos vemos obligadas a modificar aspectos de nuestra identidad que no hemos decidido transformar en nuestra propia historia”, aseguró.
Uno de los ejemplos que mencionó fue la imposición cultural que enfrentan muchas mujeres indígenas en el ámbito del trabajo doméstico. En distintos espacios laborales, señaló, se limita o desvaloriza el uso de idiomas mayas y se impone el español como única forma válida de comunicación. También destacó las presiones relacionadas con la vestimenta y la apariencia. En algunos casos, las trabajadoras se ven obligadas a abandonar su indumentaria para ajustarse a normas impuestas en los hogares donde laboran.
Estas prácticas, afirmó, no solo representan discriminación, sino que constituyen una forma de violencia simbólica que impacta la identidad, el comportamiento y la manera en que las mujeres se expresan en la sociedad. “Eso también atraviesa nuestro cuerpo. Puede cambiar nuestras actitudes, nuestros comportamientos y la forma en que nos expresamos”, añadió.


Esmeralda Alfaro, consultora de Sitradomsa, dirigió el taller sobre interseccionalidad de género, cuidado y desigualdades, con la participación de mujeres trabajadoras del hogar. Foto Angie Ross
Para Alfaro, identificar estas interseccionalidades es fundamental para comprender cómo se convierten en desigualdades estructurales que afectan tanto los derechos humanos como los derechos laborales de las trabajadoras.
Como parte del taller, las participantes realizaron una actividad grupal para profundizar en estos conceptos. Divididas en equipos de cuatro integrantes, reflexionaron sobre qué significa la desigualdad y cómo se manifiesta la interseccionalidad en sus vidas cotidianas.
A través de dinámicas creativas, cada grupo presentó sus conclusiones de manera distinta. Algunas representaron pequeñas escenas teatrales que retrataban situaciones de discriminación en el trabajo doméstico. Otras optaron por dramatizaciones inspiradas en el formato del programa mexicano “Mujer, casos de la vida real”, para visibilizar experiencias de violencia y exclusión.
También hubo quienes compartieron testimonios basados en vivencias propias como trabajadoras del hogar, evidenciando cómo las desigualdades de género, clase y origen étnico se entrelazan en su experiencia laboral.
Las representaciones dejaron claro que la interseccionalidad no es un concepto abstracto, sino una realidad que atraviesa sus cuerpos, sus identidades y sus condiciones de trabajo.
Entre risas, dramatizaciones y testimonios, las participantes expusieron en grupo sus experiencias sobre la interseccionalidad y desigualdades en el trabajo doméstico. Foto Angie Ross
Cuidado, maternidad y decisiones sobre el propio cuerpo
Las reflexiones sobre interseccionalidad también llevaron la conversación hacia el género, división sexual del trabajo, cuerpo, la maternidad y la autonomía de las mujeres sobre sus decisiones reproductivas. Rosalía Argueta, de 72 años y originaria de Santa Lucía Cotzumalguapa, Escuintla, compartió su experiencia durante el taller. Aunque actualmente no trabaja fuera del hogar, explicó que comprender sus derechos como mujer ha sido un proceso que llegó con el tiempo.
“Podemos ser dignas como mujeres y saber cuáles son nuestros derechos, cuántos hijos podemos tener y cómo podemos cuidarnos”, expresó. Argueta señaló que durante muchos años la decisión sobre la maternidad estuvo marcada por la voluntad de la pareja y por la falta de información. “Hay mujeres que no nos podemos cuidar. Tenemos hijos y más hijos porque la pareja quiere, pero como mujer tenemos que ser cuidadosas”, dijo.
Para ella, el cuidado también implica alimentación, salud y planificación. “Si no nos alimentamos bien, ¿cómo vamos a amamantar a nuestros hijos?”, cuestionó. Relató que, en su caso, logró evitar más embarazos con el apoyo de una comadrona que le proporcionó medicina natural. “Gracias a Dios, aquí estoy. Tengo 72 años y me siento como una joven”, comentó entre risas.

Rosalía Argueta relata su experiencia sobre las desigualdades de género y cómo las responsabilidades del cuidado han recaído históricamente en las mujeres. Foto Angie Ross
Su testimonio también evidenció los cambios generacionales en el acceso a la salud. Recordó que en el pasado muchas mujeres no acudían al médico por vergüenza o por normas culturales que limitaban la exposición del cuerpo fuera del ámbito conyugal. “Antes solo el esposo podía ver el cuerpo de una mujer. No querían ir a un doctor ni hacerse exámenes”, relató.
Hoy, aunque Argueta reconoce que el acceso sigue siendo limitado por razones económicas, destacó la importancia de acudir a centros de salud y hospitales públicos para realizarse chequeos, especialmente exámenes relacionados con la prevención del cáncer de matriz y de mama.
En su caso, combina la atención médica con saberes tradicionales y remedios naturales para tratar infecciones y otras dolencias. Su historia también reflejó cómo, durante décadas, la maternidad y el cuidado fueron asumidos como responsabilidades casi exclusivas de las mujeres. Esta carga, sumada a la falta de información y autonomía sobre el propio cuerpo, ha condicionado sus oportunidades y ha reforzado desigualdades que todavía persisten, especialmente entre quienes han dedicado su vida al trabajo doméstico y al cuidado de otras personas.
“Nuestro trabajo también vale”
Además, en el espacio de intercambio participó Josefina Espinosa, secretaria adjunta de Sitradomsa, quien resaltó la importancia de profundizar en los derechos de las mujeres, especialmente en el ámbito laboral. “Nos gustaría que se ampliaran más esos derechos y tener mejores cuidados hacia nosotras. Aprender más para poder enseñarles a más compañeras cuáles son sus derechos”, expresó.
Josefina hizo énfasis en la situación que enfrentan las trabajadoras del hogar, un sector históricamente invisibilizado. Señaló que muchas mujeres que se dedican al trabajo doméstico no cuentan con salario mínimo, prestaciones ni acceso al seguro social, lo que representa una forma de violencia económica.
Explicó que, tras años de trabajar como niñera y en oficios de limpieza en casas particulares, nunca tuvo acceso al seguro social del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social (IGSS), lo que hoy, como adulta mayor, la obliga a costear por su cuenta consultas médicas y medicamentos de uso permanente.
“Mi trabajo también vale. Es tan digno como cualquier otro”, afirmó, al tiempo que hizo un llamado a que se reconozca el aporte de las trabajadoras del hogar a la economía del país y que se garanticen sus derechos laborales.
Durante el encuentro también se abordó la necesidad de que las iniciativas de ley orientadas a proteger a las trabajadoras del hogar entren plenamente en vigencia, para que puedan exigir condiciones dignas, acceso a seguridad social y respeto a sus derechos.
Una telaraña de aprendizajes
Como actividad de cierre, las participantes realizaron una dinámica simbólica en la que formaron una “telaraña” con hilo, compartiendo las experiencias que se llevaban del encuentro y los compromisos que asumen.
Cada mujer expresó qué derechos había comprendido mejor, qué prácticas desea cambiar en su vida y cómo puede replicar la información en su comunidad. La telaraña representó la unión, el apoyo mutuo y la construcción colectiva de conocimiento.
El espacio permitió que mujeres de distintas edades reflexionaran sobre su derecho a decidir sobre su cuerpo, a cuidar su salud y a exigir condiciones laborales dignas, reafirmando que la información y la organización son herramientas fundamentales para avanzar hacia la igualdad.
Entre risas y testimonios, las participantes entrelazaron una telaraña de lana como símbolo de unión y aprendizaje colectivo. Foto: Angie Ross
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Angie Ross
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