Foto: Eddy Zeta

Natasha Jiménez: sanar desde la intersexualidad

Escrito por Violeta Cetino

Por Violeta Cetino

Natasha Jiménez Mata es una activista trans e intersex, tiene 58 años y es originaria de Costa Rica. Actualmente, es directora de Mulabi/Espacio Latinoamericano de Sexualidades y Derechos. Mulabi es una palabra africana que significa “espacio pequeño sin fronteras”. En entrevista con Ruda, compartió cómo a lo largo de su vida enfrentó acoso constante por ser una persona “diferente”, una persona intersex. 

De acuerdo con la organización mexicana Brújula Intersexual, la intersexualidad es el término utilizado “para englobar diferentes corporalidades en las cuales una persona nace con variaciones de las características sexuales —es decir, nace con variaciones en las formas genitales, en la composición de las gónadas, en los niveles hormonales o en los patrones cromosómicos— que no parece encajar en las definiciones típicas de hombre o mujer”.

Su historia está llena de fuerza y resiliencia, aquí la transcripción:  

Tal vez tuve, no sé si la dicha o la desdicha, de haber nacido en una familia que no tuvo mucha información sobre mi condición.

Cuando nazco, me separan de mi mamá por una semana sin decirle a ella por qué, y resulta que cuando me devuelven a ella le dicen que era para hacerme algunos estudios porque los médicos no entendían por qué yo había nacido en el cuerpo en el que nací. Pero no le dieron mayor explicación a mis padres.

Ellos me llevaron a la casa, afortunadamente no me hicieron una intervención quirúrgica. En aquellos años, hace casi 60 años, sencillamente te asignaban a un sexo a partir de lo que llamaríamos coloquialmente a ojo de buen cubero. Si algo se salía, era niño; si no se salía, era niña. Entonces me asignaron el sexo masculino en ese momento, porque es lo que consideraban que era lo más apropiado según la medicina. Pero mis padres entendían que mi corporalidad no era la de un niño estándar.

Entonces tuve la suerte, por eso digo que tuve la gran dicha de que mis papás, a pesar de la ignorancia que tenían sobre el tema intersex, no me endilgaron que tenía que jugar con juguetes de niño o juguetes de niña. Entonces lo que hacían era que me compraban juguetes neutros, como Legos o bloques de armar; libros de pintar, rompecabezas, cosas que hicieran volar mi imaginación y que desarrollaran mi creatividad. 

Dos años después nace mi hermana y fue mi compañera de juegos y tampoco teníamos un rol asignado, de que si jugábamos de casita yo tenía que ser el papá y ella la mamá, no, sino que éramos hermanas.

Entonces tuve esa dicha. Mi papá nunca dijo, "No, por qué si lo bautizamos como niño tiene que jugar ese tipo de cosas o tiene que tener novia". O sea, todo lo que le dicen a los niños o a los muchachos, y eso fue una gran suerte. Eso en el seno familiar más cercano.

La familia más lejana no entendía, y los vecinos menos, entonces siempre era como “el amanerado del barrio, el mariconcito del barrio”, y siempre habían burlas, siempre había discriminación de parte del resto de la sociedad.

Yo recibí mucho bullying o matonismo (comportamiento agresivo, repetitivo e intencional destinado a intimidar, someter o causar daño físico o psicológico a otra persona) en la escuela y en el colegio por mi condición al punto de los golpes. Sufrí episodios muy duros como abusos sexuales y violaciones.

Me echaron de la iglesia porque el pastor decía que yo era un engendro de Satanás, porque en la Biblia no existían personas como yo, solo hombres y mujeres así nacidos, que yo era una aberración y que Dios no me quería a su lado.

Y entonces cuando a vos te crían en una familia creyente, que un pastor te diga eso, es básicamente que Dios te aleja de su lado. Recuerdo que después de ese episodio, eso y las violaciones, pero ese episodio fue de los más duros y yo hice un intento de suicidio después de eso porque si ni Dios me quería, ¿quién más me iba a poder querer?

Afortunadamente, después de muchos años de depresión, de muchos años de tristeza y de ir elaborando todas estas situaciones, viene la pandemia del VIH (Virus de Inmunodeficiencia Humana, nombrada epidemia mundial por la Organización Mundial de la Salud), y aunque lo crean mentira fue para mí prácticamente una bendición. Sé que suena raro, sé que suena extraño.

A partir de la pandemia, un amigo de mi hermana que estaba llevando un curso de voluntariado para atender a personas en fase terminal, pero en ese momento no habían tratamientos antirretrovirales, sino hace 40 años la gente simplemente moría de Sida (Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida), llega a mi casa y me invita para que vaya a un curso de voluntariado para atender a personas en fase terminal.

Acepto (la invitación) a regañadientes, pero el conocer estas otras realidades, el ver que esta gente se aferraba al la vida, a la poca vida que les quedaba, me hizo recapacitar de que yo podía seguir viviendo a pesar de todo lo malo, de todo lo duro que podía haber sido mi vida hasta este momento y me hizo desarrollar más mi propia resiliencia y trabajar por otras personas, y a partir de ahí es que empiezo a generar más iniciativas para apoyar a otras personas que no tuvieron el apoyo que yo tuve en mi niñez o en mi adolescencia en cuanto al entorno. Ya les digo que con mi familia siempre lo he tenido y hasta esta fecha lo sigo teniendo, pero la sociedad es muy dura con las personas que somos diferentes, muy, muy dura, y creo que hay que ser muy fuerte cuando te salís de lo que llamamos la norma para seguir adelante.

Afortunadamente, desde hace 20 años, dirijo una organización que se dedica a eso, a dar esperanza, a dar información, a dar este ese soporte que tal vez yo no tuve y que muchas personas intersex o trans no han tenido en toda su vida. Oportunamente ese ha sido el trabajo que hacemos desde Mulabi desde hace 20 años. 

Participaron de esta nota

Violeta Cetino

87 artículos